La matanza de Pananti, una masacre en el olvido

Escrito por  GUSTAVO MÁRQUEZ/EL PAÍS EN Ago 28, 2016

El 9 de noviembre del 2001, en la comunidad de Pananti del municipio de Yacuiba, ocurrió un hecho trágico que pasó a la historia oscura de Bolivia, pues siete personas murieron y más de 100 resultaron heridas, 23 de ellas por balas.

Los miembros del Movimiento Sin Tierra (MST), ganaderos, sicarios, campesinos e indígenas guaraníes que habitaban la región, fueron los protagonistas de aquel sangriento enfrentamiento por terrenos, conocido como “la matanza de Pananti”. Hecho trágico de la historia que hasta el día de hoy no fue esclarecido por la justicia boliviana.
Una de las sobrevivientes de aquella masacre que pasó hace 15 años es Paola Valdez, quien ahora es capitana guaraní de Pananti y relató a El País eN cómo sobrevivió a aquella fatídica madrugada, fresca y sin luna, que se quedó en la memoria de los indígenas guaraníes.

El lado guaraní
Recuerda que la ocupación de tierras en Pananti por parte del MST fue lo que desató el conflicto, en el que se mezclaba la necesidad de los campesinos e indígenas, con los intereses de ganaderos, propietarios de grandes extensiones de terreno y que eran ligados en ese entonces, a grupos de poder político del Comité Cívico de Yacuiba y de la Federación de Ganaderos. Estos últimos alineados con el gobierno de Jorge “Tuto” Quiroga.
Si bien había campesinos sin tierra que necesitaban asentarse para trabajar, en el otro lado estaban los campesinos que ya se habían asentado junto a los indígenas, quienes eran supuestamente manejados por los propietarios de los predios y que denunciaron previamente que se los avasallaba.
Paola, quien ahora tiene 45 años, recuerda cómo fueron despertados con ruidos de ráfagas de bala y gritos. “Eran las cuatro de la mañana más o menos, de madrugada, habíamos instalado un campamento para cuidar el territorio de los sin tierra, todo era muy confuso  porque estábamos mezclados campesinos e indígenas”, explica.
En el campamento había más de 50 personas, entre indígenas y campesinos, varios de ellos acompañados por sus hijos.
La capitana de ese entonces, descansaba junto a su hija de 11 años, Gladys Guarazi, quien pese a su corta edad era secretaria de los indígenas. Ambas huyeron en medio de los zumbidos de los proyectiles hacia el monte, mientras que en la oscuridad se desarrollaba un combate a ciegas. Sólo se escuchaba el ir y venir de las balas y a miembros de ambos bandos que estaban armados con machetes y palos afilados.
“Había gente infiltrada que no tenía nada que ver. Los sin tierra eran gente de todo lado, se hablaba también que había incluso gente del Gobierno. Al aclarecer, había más de 100 heridos tendidos por la quebrada y por el monte, de ambos bandos, era terrible, era una guerra, y como era de madrugada no se veía a quien herían. Al final no se sabe quién mató a quién, pero nos atacaron por todos lados”, recuerda.
De las siete personas que fallecieron aquella noche, seis eran del grupo de los sin tierra, mientras que uno pertenecía al bando de los ganaderos. Los campesinos sin tierra que murieron en el enfrentamiento fueron: Javier Pablo Velásquez, Pablo López, Sabelio Escóbar, Benigno Arancibia, Vidal Vargas y Gerardo Alemán.
Mientras que de la otra parte falleció Teófilo Urzagaste, quien se dice era ganadero y fue herido por un palo afilado al trabarse su ametralladora.
Paola explica que desde ese entonces, el 9 de noviembre es una fecha que no se olvida en su pueblo y asegura que los niños que estuvieron ese día hoy están traumados. “Ahora nosotros quedamos como malos, pero ni siquiera estábamos armados. Los sin tierra al final terminaron siendo más reconocidos, actualmente tienen programas, tierras”, agrega.
Dice que cuando pasó la trifulca, los indígenas no podían salir de la comunidad ni caminar en los alrededores durante varios meses, ya que los asentados los creían enemigos. Por este motivo muchos guaranís sufrieron agresiones, en un ambiente de tensión y desconfianza. Así, terminaron asentados en Pananti, pero con incertidumbre y recelo con los foráneos; sentimientos que con los años se fueron perdiendo.

Un ex MST habla
En el otro lado de esta historia estaban los del Movimiento Sin Tierra, que buscaban un terreno para trabajar. Carlos Vásquez es una de las personas que fue parte de esta organización y cuenta también su versión de aquella noche oscura.
Según asegura Carlos, el enfrentamiento por los terrenos en Pananti empezó en realidad mucho antes de aquel 9 de noviembre. De hecho, recuerda que un 25 de octubre del mismo año ocurrió uno de los enfrentamientos más fuertes, cuando desde su organización denunciaron que sicarios a sueldo contratados por los terratenientes, vestidos con uniforme del ejército y portando armas de fuego, asaltaron al núcleo de campesinos sin tierra que se habían asentado en Pananti.
“Desalojaron a balazos de sus viviendas a las mujeres y niños que se encontraban en ese momento, apoyados por los policías y las tropas del ejército”, dice.
Según Carlos, la ocupación de los predios era un fenómeno cuyo fundamento era el derecho a tener una tierra. Y según afirma, sus asentamientos no afectaban a aquellas haciendas en las que existía trabajo de manera contractual con los campesinos. Dice que se habían ubicado en las tierras  más alejadas, que no eran utilizadas y solamente servían como “terrenos de engorde”.
Recuerda que el 2001, se realizó en Yacuiba el primer encuentro de trabajadores campesinos sin tierra, momento en el que nació el Movimiento de Campesinos Trabajadores Sin Tierra de Bolivia.
Relata que aquella madrugada del 9 de noviembre de 2001, los sin tierra se dirigieron a Pananti sin intenciones de combatir, con sus herramientas de trabajo, para preparar el terreno para la producción; sin embargo, al llegar fueron recibidos por una balacera de los paramilitares, quienes al parecer los esperaban, todos con armas de grueso calibre. “Tuvimos que huir hacia el monte”, dice.
“Movilizaron a las comunidades para enfrentarnos, la Policía estuvo en el lugar pero no hicieron nada, han dejado que se maten. Eran unas 2.500 hectáreas que pertenecían a los ganaderos, que ni siquiera las utilizaban, pero organizaron a los indígenas. En ese entonces los terratenientes nos acusaban de masistas, pero la realidad era que la gente fue por necesidad. Habían sicarios de Pocitos, eran pocos pero armados”, asegura.
Finalmente Vásquez relata que los asesinados “fueron charqueados” en el hospital de Yacuiba, donde les practicaron la autopsia para establecer la causa del fallecimiento; sin embargo, muchos de los familiares no tenían recursos para pagar los costos de ese trabajo, por lo que terminaron recogiendo a sus seres queridos con los “intestinos afuera”.
“Este año se cumplirán 15 años de la masacre, que pese a su importancia no ha sido rescatada por los medios de comunicación. Duele porque terminó como un caso irresuelto, del que hasta ahora se habla en las reuniones familiares por estos lugares. Los hijos nuestros tienen que saber cuánto costó conseguir un pedazo de tierra, para preservar ese derecho irrenunciable del humano a tener un techo”, finaliza.

LO QUE DEJÓ AQUEL EPISODIO FATÍDICO

Inconformidad
45 familias guaranís lograron el reconocimiento de 310 hectáreas en Pananti; sin embargo no son aptas para la siembra ya que están en las faldas del cerro. El Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), es cuestionado ya que los indígenas creen que favorecen a los terratenientes y ganaderos

Falta de oportunidades
En la imagen se ve a un indígena sentado en una casa abandonada. El choque de culturas con los sin tierra trajo un desarrollo desigual que repercutió en la forma de vida de los indígenas nativos, que ahora aspiran a convertirse en campesinos agricultores, para mejorar su calidad de vida

Indígenas se rearticulan
Para Valdez, la solución a la falta de tierras es la unión de los pueblos indígenas que habitan en el Chaco. En la imagen, un encuentro facilitado en Yacuiba por el Centro de Estudios Regionales Para el Desarrollo de Tarija (Cerdet), donde se colectan firmas contra el saneamiento desigual de tierras