Desacralizar para denunciar

Escrito por  Lourdes Montero Feb 27, 2018

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, escribió Augusto Monterroso, y seguro no se refería al Gobierno Autónomo Municipal de Oruro, la Gobernación del Departamento de Oruro, la Asociación de Conjuntos del Folklore y la Iglesia Católica, pero muy bien estas instituciones podrían ilustrar su breve cuento.

Y es que este conjunto de instituciones, seguramente sin mucho trabajo pendiente, han decidido constituirse en la Santa Inquisición moderna para juzgar el delito de ofensa a la Virgen. Así es, aunque usted no lo crea; en este país laico en el que nos enorgullece vivir, debemos de producir arte “cuidando de no ofender la sensibilidad de la Virgen”. ¿Cuál fue el acto profano al que nos referimos? La artista orureña Rilda Paco osó ilustrar a la Virgen de la Candelaria en calzones rojos. Y entonces se desató el pandemonio de insultos, degradación y amenazas contra la autora que nos confronta con una sociedad intolerante y pechoña.
Según la joven artista, con su ilustración busca “denunciar a los falsos devotos que usan a la Virgen para emborracharse”. Las insignes instituciones orureñas, en lugar de volcarse a una sana reflexión frente al espejo de la realidad que Rilda Paco les muestra, han decidido unirse para iniciarle un juicio penal, basados en el artículo 358, apartado 3, del Código de Procedimiento Penal, que sanciona con uno a seis años de cárcel daños contra “cosas de valor artístico, arqueológico, científico, histórico, religioso, militar o económico”. Será muy difícil que una intención jurídica así prospere, pero seguro tendrá a varios ilustres abogados distraídos en el tema. Si la imagen artística en cuestión molesta a algunos orureños, es natural que reciba críticas, protestas sobre su significado, procesiones de desagravio, declaraciones de persona no grata… pero ¿juicios penales?
Todos coincidimos en que ningún carnaval (el de Oruro, Santa Cruz o de Venecia) es un despliegue de valores católicos. Algunas personas bailan para honrar a la Virgen; otras lo hacen porque les gusta el folklore; y las más, porque les gusta bailar. Y en esos días es indudable que se documenten excesos de los que el arte tiene derecho a hablar. Acallar esa verdad es mostrar el carácter conservador de unos cuantos que solo despliegan la doble moral que tanto daño hace a nuestra sociedad. Tengo la seguridad de que ningún juicio penal en la tierra agradará a la Virgen; tal vez se sienta más satisfecha si en su honor las instituciones públicas orureñas hacen su trabajo para brindar seguridad y buenos servicios en los días del Carnaval.
Por último, gracias a este hecho, la joven Rilda Paco ha entrado con pie derecho al mundo contemporáneo del arte, ya que su obra ha cumplido su función: provocar a una sociedad a pensarse de manera distinta, a confrontar sus ideas y, con ello, a profundizar en su propia naturaleza.
Hoy muchas galerías internacionales hablan incluso de mostrar “provocación social con el arte como instrumento”. Y nuevamente esta obra nos demuestra que el cuerpo (los cuerpos) siempre serán un elemento social peligroso precisamente porque nos toca, porque es innegable su carga política. El cuerpo de las mujeres en la historia del arte ha sido siempre un territorio en disputa, un lugar de opresión tanto como de resistencia. Quienes lo utilizan como herramienta en el arte apelan al derecho de reflexionar(se) en su propio territorio corporal. Y eso ha hecho Rilda Paco, ha desacralizado un cuerpo femenino para utilizarlo como instrumento contra la violencia, transformándolo en un campo de intervención política.