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Masacre de Todos Santos

Nov 01, 2016

Hace 37 años, un golpe militar puso fin al efímero gobierno transitorio del presidente constitucional interino Walter Guevara Arce, y reprimió a sangre y fuego a un pueblo cansado del despotismo, la tiranía, la corrupción y la violación de sus derechos más elementales.

La madrugada del 1 de noviembre de 1979, un grupo de militares, liderados por el coronel Alberto Natusch Busch, y dirigentes del MNR y del MNRI, protagonizaron uno de los golpes de Estado más sangrientos de nuestra agitada historia política.
Los cabecillas militares de la asonada que secundaron a Natusch, fueron los generales Edén Castillo, Oscar Larraín, Jaime Niño de Guzmán y Luis García Meza, el contralmirante Walter Núñez, y los coroneles Carlos Mena y el ‘Mariscal de Todos Santos’, Arturo Doria Medina, quien, en su condición de comandante del Regimiento de Blindados Tarapacá, fue el principal responsable de la masacre al pueblo paceño.
Entre los golpistas civiles estuvieron Guillermo Bedregal y José Fellman Velarde, del MNR; Edil y Willy Sandoval Morón, y Abel Ayoroa Argandoña, del MNRI.
El golpe de Todos Santos fue una de las mayores expresiones de irracionalidad política de nuestra historia, no sólo porque interrumpió brutalmente el proceso democrático, sino porque se hizo a pocas horas de la clausura de la Asamblea General de la OEA celebrada en La Paz, donde Bolivia logró el mayor éxito diplomático en torno a su centenaria demanda de reintegración marítima.
Todos los cancilleres de los países americanos, excepto el chileno, reconocieron que la reintegración marítima boliviana es un asunto multilateral, no sólo bilateral como sostiene Chile. Sin embargo, ese triunfo diplomático quedó trunco debido al absurdo golpe de Estado.
Al promediar la mañana de ese 1 de noviembre, cancilleres, embajadores y diplomáticos de los países miembros de la OEA fueron escoltados hasta el aeropuerto de El Alto por vehículos blindados y tropas a las órdenes de los golpistas.
El golpe de Todos Santos pretendió ser la tabla de salvación de la mala administración de los recursos naturales y económicos de los regímenes dictatoriales que se sucedieron desde 1964.
También intentó frenar el juicio de responsabilidades contra la dictadura de Hugo Banzer. A fines de agosto de ese mismo año, el juicio se inició con la presentación del Pliego Acusatorio, leído en el pleno del Congreso Nacional por el diputado socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz, quien, el 17 de julio de 1980, sería asesinado por los paramilitares de García Meza.
Los golpistas justificaron la asonada por la presunta intención de Guevara de prorrogarse en el poder, y para lograr el respaldo popular plantearon un gobierno de “izquierda”, pero con un discurso basado en la Doctrina de Seguridad Nacional que el imperialismo impartía a sus mercenarios en la tristemente célebre Escuela de las Américas.
Empero, la repulsa al golpe de Estado fue total. La Central Obrera Boliviana (COB) decretó una huelga general indefinida y la Confederación Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) instruyó el bloqueo de caminos a nivel nacional.
Durante 16 días, en las calles céntricas y en zonas periféricas de La Paz se desató una masacre protagonizada por el comandante del Tarapacá, el coronel Doria Medina, quien ordenó a sus tanques disparar contra civiles desarmados que, en trincheras improvisadas, resistieron con piedras el golpe de Estado.
El saldo trágico fue de al menos un centenar de muertos, más de medio millar de heridos y un número indeterminado de desaparecidos. Mientras tanto, según Víctor Montoya, el ministro de Finanzas, Feliciano Monzón, sustrajo 64 millones de pesos bolivianos del BCB (3,2 millones de dólares), de los que nunca más se supo.
Y tras 16 días de resistencia popular, llegó un acuerdo. Las Fuerzas Armadas aceptaron la renuncia de Natusch, a condición de que Guevara no volviera al gobierno, y el Congreso designó a Lidia Gueiler como presidenta constitucional interina.
Han transcurrido 37 años desde aquel cruento golpe de Estado y los asesinos nunca fueron juzgados, quedaron impunes. En noviembre de 1994, Natusch murió tranquilo en su casa.
El golpe de Todos Santos marcó con sangre en la memoria histórica de Bolivia el arrojo de un pueblo que se puso en pie de guerra para defender su libertad y restituir sus derechos vulnerados sin más armas que su coraje y su decisión inquebrantable de vivir en democracia.