Un delito convertido en secreto de familia

Escrito por  Danitza Montaño T/El País eN Ago 30, 2017

Amor, contención y protección, parecerían ser las tres palabras fundamentales para cualquier hombre en el rol de padre hacia sus hijos, pero no siempre es así.

A Daniela le arrebataron su inocencia cuando sólo tenía 9 años. Su temprana edad permitió que el “secreto de familia” se mantuviera oculto durante seis años. Ella no entendía lo que había sucedido ni cuán terrible era, sólo sabía que su propio padre era el culpable.
“Papá”  fue la primera palabra que balbuceó cuando apenas cumplía diez meses. Su madre orgullosa de ver cómo la nena quería a su progenitor, sonreía sin disimulo.
Los “secretos de familia son sagrados”, es una frase que siempre escuchamos y parece inofensiva; sin embargo cuando ésta oculta algo más que una simple travesura, la expresión se torna peligrosa.
Daniela tenía sólo nueve años cuando vivía con su madre en Padcaya, su padre, de oficio agricultor, se fue a Argentina porque la plata no les alcanzaba. Desde ahí él enviaba dinero para los materiales escolares de la niña y 800 bolivianos mensuales para la comida.   
Más aún, un día a principios del año 2002, el padre llegó a Tarija y sugirió llevar a la menor a Argentina: “¿Qué va a hacer aquí?, allá yo la voy a hacer estudiar”, dijo a la madre, quien aceptó emocionada tal propuesta con la única condición de que la niña se comunicara con ella una vez a la semana.
Sin embargo, lejos de su hogar, cumplido un mes del traslado de la menor, el padre comenzó a abusar sexualmente de ella.  “Te voy a pagar plata y te voy a hacer estudiar pero si avisas te voy a matar”, eran las palabras que la niña escuchaba constantemente de su agresor.
Daniela decía que lo iba a denunciar pero él respondía: “no hago caso a demandas”.  Así transcurrió el tiempo hasta que a sus 15 años, la adolescente dio a luz a María y el hecho se descubrió.
“Él se sentía como mi dueño, una vez que estaba charlando con un chico me dijo: ¿por qué te has ido con ese chango?, tengo que hacerte la prueba, seguro que estabas con él”, cuenta Daniela, quien en la actualidad recibe ayuda psicológica, ya que el fuerte trauma  le impide ver con amor a su hija.
Daniela sentada en una rústica silla sostiene en brazos a María, una bebé de un año que durante la entrevista juega con un manojo de viejas llaves, las toma con una mano las pasa a la otra y finalmente se las lleva a la boca. Ella no tiene idea del sentimiento que pesa sobre sus hombros a tan sólo 12 meses de haber nacido.
Entretanto, la joven madre con la voz temblorosa dice: “Mi hija tiene los ojos de mi papá, me mira igual que él, me recuerda todo lo que he vivido. No es fácil ser mamá, yo no quería embarazarme. Me siento mal por tratarla mal pero a veces pienso que se lo merece porque es su hija”, revela entre sollozos y el silencio se apodera del instante, hasta que el arrastrar de los pies de  una humilde señora, ya entrada en años, irrumpe.
Sale de un cuarto y mientras le alcanza un pañuelo a Daniela comienza: “Mi hija nunca me contó nada, si ella me hubiera avisado no hubiera permitido esta situación, yo nunca sospeché nada, todo era normal hasta que nació mi nieta y su padre la botó (llora). Fue como un balde de agua fría y hasta ahora no sé qué pensar”, dice Carmen, quien resulta ser la madre de Daniela.
Aunque en la actualidad el padre se encuentra recluido en el penal de Morros Blancos de Tarija, nada borra lo vivido. “Ya nada es como antes”, concluye Carmen.

Cada tres días una
mujer es violada
Cada tres días una mujer es violada en Tarija. Así lo reportó la directora del Equipo de Comunicación Alternativa con Mujeres (Ecam), Pecky Rubín de Celis. También añadió que con la retardación de los procesos muchas de estas mujeres nunca tienen justicia, o en el peor de los casos son madres a corta edad, fruto de esas violaciones.
En el año 2016 más de 4.106 casos de violencia contra menores de edad fueron registrados en el municipio de Tarija, de estos casos,  206 corresponden a delitos sexuales. Lo más preocupante es que el 80 % de ellos fueron cometidos dentro del entorno familiar. Esto lo corrobora un informe proporcionado por el Ministerio Público.
Pero también el dato es respaldado por la Defensoría de la Niñez en Tarija, instancia que reporta que sólo en un 5% de los casos el agresor es extraño. Esto confirma que éste tiene una relación de parentesco o proximidad al entorno familiar.   
En la presente gestión, hasta la fecha el Centro de Atención y Especialización  de Prevención y Atención Terapéutica (Cepat), atendió a más de 60 niños,  niñas y adolescentes entre edades de 12 a 18 años, que han sido víctima de violencia sexual. En 40 de estos casos los menores sufrieron violación agravada.
La sagrada familia
Todas las familias tienen secretos guardados, hasta los más normales, porque todos los seres humanos hacen cosas de las que luego se arrepienten. Las silencian. Cuando alguien dice “en mi familia no hay ningún secreto” se piensa: “Lo que pasa es que todavía no lo has descubierto”, así lo explica el psicólogo Fernando Guzmán.
Sin embargo, el guardar un delito de violación como un secreto no debería ser normal. La familia siempre se ha concebido como el núcleo fundamental de desarrollo del niño, donde se transmiten valores, normas y principios.  
Para Carlos Moriaga, especialista en psicología familiar, las familias en las cuales hay abuso sexual son núcleos muy particulares, que viven en barrios alejados del centro de la ciudad de Tarija, pues responden a un equilibrio que las lleva a la situación de abuso.
“Estos grupos familiares funcionan en una base sustentada en el abuso y el secreto. La situación de abuso suele adoptar la forma de un secreto familiar que la víctima no puede exteriorizar. Además, suelen ser familias aisladas, sin muchos amigos y en donde poca gente visita la casa”, explica Moriaga.
Distintos estudios concuerdan con las características de una familia de alto riesgo. Citan entre ellas: un nivel socioeconómico asfixiante que obliga a los integrantes de la familia a vivir todos juntos en una misma habitación, la adicción al alcohol o a las drogas, y un acceso restringido al sistema sanitario. Pero en la actualidad las violaciones familiares no sólo suceden en este tipo de familias.
Lucía fue violada en cuatro oportunidades por su tío de 25 años. Con la voz quebrada, la chica cuenta que su madre nunca creyó que su hermano podría haberla abusado. “desde chicas nuestros padres nos dejaron solas. Mi madre se fue a Buenos Aires y mi padre, rehízo su vida y está en pareja”, dice resignada.
Cuenta que la primera vez que su tío abusó de ella, tenía cinco años. “Era una nenita. Como mis padres trabajaban, acostumbraban a dejarme durmiendo sola”, admite. Sin embargo, revela que una vez su madre pilló a su tío infraganti y entonces se puso como loca, gritó, lloró pero lo más sorprendente es que no lo denunció.
“Que sea nuestro secreto, me dijo. Yo para ese entonces ya tenía 18 años, por lo que agarré mis cosas y me fui. Cargando ese secreto. Quería tener novio, ser una chica normal y no una violada más de tantas. De esas que no pueden rehacer su vida”, detalla y admite que  nunca denunció el hecho.
Para Moriaga, luego de sucedido el hecho, derrumbar el “secreto” es casi imposible. La víctima tiene miedo a denunciar y en muchas ocasiones es la misma madre, quien se opone a efectivizar la demanda o la retira cuando el proceso legal está en avance.  
 “¿Qué gano yo con la denuncia?” “No hay problema. Sólo el recuerdo, con el tiempo va a olvidar”,  “Ahora por denunciar a mi marido no tengo quién nos mantenga y la gente nos tiene pena”, son las constantes declaraciones y argumentos que recibe la Defensoría de Tarija y que han sido la tranca de varias investigaciones.

Los tropiezos legales
 “Pocos fiscales tienen conocimiento sobre el Código de la Niñez y Adolescencia, la mayoría pretenden asuntos ‘más importantes’ y respecto a las denuncias de violencia sexual el problema es que no hay cómo proseguir. En muchos casos no hay pruebas”, dice una funcionaria de la Fiscalía, quien prefiere mantener su nombre en reserva.
Del total de las denuncias registradas en las instancias competentes como el Ministerio Público y las Defensorías de la Niñez y adolescencia en todas las provincias del departamento de Tarija el 68% corresponde a Cercado, la capital del departamento. Sin embargo, sólo el 10% termina con sentencia ejecutoriada.
A este panorama se suma que funcionarios de las Defensorías de provincias denuncian muchos problemas y dificultades en el desarrollo de sus funciones, como ser la falta de compromiso de los alcaldes municipales, la falta de medios de acceso y comunicación con las comunidades, el escaso material de trabajo y la falta de compromiso de los Fiscales de turno.
En este aspecto es irónico puntualizar que los funcionarios de la Fiscalía identifican de igual forma un sin fin de obstáculos, reclamando mayor apoyo y eficacia a las Defensorías.
De acuerdo al fiscal departamental, Gilbert Muñoz, en el primer trimestre de este año (2017), se investigaban 37 hechos, 28 en etapa preparatoria y 28 ingresaron a juicios, lo que hace un total de 93 casos.
La fiscal de materia Sonia Torrejón confirmó que sólo dos casos de este total tuvieron sentencia condenatoria hasta mayo de 2017, entre ellos el de una violación que ocurrió en la gestión 2015. La víctima era una menor de 11 años de edad y los presuntos acusados fueron dos adolescentes, quienes recibieron la pena máxima de cinco años por ser menores de edad.  El otro juicio realizado por el mismo delito tuvo sentencia condenatoria, contra un adulto al que se le dio 30 años de cárcel.

El imborrable trauma
Pasaron más de diez años desde que Daniela sufrió la violación que iba a marcar su vida, pero ese episodio es un fantasma difícil de dejar atrás. Todavía sus imágenes mentales se enredan en la vida de todos los días, en forma de recuerdos no convocados, invasivos, de esos que llegan con la misma prepotencia de una violación.
Tiene problemas para dormir. En ocasiones no puede dormir con la luz apagada, otras veces le da mucho miedo salir a la calle y evita especialmente los espacios abiertos.
Ve el rostro de su padre entre los centenares de personas que caminan en las calles. Para ella el término familia, ya nunca volverá a tener sentido. “Sigo luchando con este sentimiento extraño de no querer ser la madre de mi niña”, dice mientras la pone al suelo y la deja llorar como si no le importara. Diez minutos más tarde, vuelve a tomar conciencia de que es suya y la toma de nuevo en brazos.

 

¿Cuándo debemos exigir que un
secreto de familia salga a la luz?

Cuando haya daño serio en algún descendiente (o grupo de descendientes) causado precisamente por ocultar una verdad.
Existen distintos tipos de secretos familiares:
- Placenteros: Su objetivo es agradar al otro, fortalecer la relación y se descubren al poco tiempo.
- Esenciales: Sirven para poner fronteras frente a otros miembros.
- Peligrosos: Ocultan información que hace daño a otras personas, como los abusos sexuales, el maltrato o el asesinato.

 

Seis mitos sobre la violencia sexual

Mito 1: “La violencia sexual no es un problema común en la sociedad”
Las estadísticas demuestran que de cada 10 mujeres, 7 han sufrido algún tipo de violencia antes de cumplir 18 años; del 100% de casos denunciados en las diferentes Defensorías de la Niñez y Adolescencia, un 61,5% corresponde a casos de violación. Por otra parte, de todos los casos de violencia sexual registrados, 69,5% fueron denunciados por algún familiar cercano a la víctima tras evidenciar consecuencias como el embarazo, haberse descubierto el hecho in fraganti, por una serie de sospechas u algún otro tipo de consecuencias como sangrados, problemas emocionales, problemas escolares u algún otro hecho fortuito.

Mito 2: “Las niñas, niños y adolescentes que sufrieron violencia sexual han sido víctimas de personas extrañas y con antecedentes criminales”
La realidad evidenciada en esta investigación es que sólo el 19% de los casos de violencia sexual denunciados se atribuye a personas extrañas, sin ningún tipo de relación y que violentaron a sus víctimas de forma súbita en la calle.
Por el contrario, de acuerdo al Ministerio Público, un 81% de los casos fueron atribuidos a personas del medio familiar, donde sobresalen los casos denunciados en contra del padrastro u otro familiar, entre ellos cuñados y parientes en tercer y cuarto grado.

Mito 3:   “La violencia sexual sólo puede reconocerse como tal si se ha utilizado la fuerza o violencia física, o si se ha cometido contra una persona con deficiencia mental”
Las diversas formas de violencia sexual a niñas, niños y adolescentes supone un entramado de presiones, chantajes, intimidación, engaños hábilmente tejidos, para envolver a la víctima en una maraña de complicidad, culpa y secretos que brinda seguridad al agresor e impunidad de sus actos.

Mito 4: “La mayoría de los abusos son situaciones espontáneas, tienen que ver más con la pérdida de control por consumo de alcohol u otros, que lleva a la persona a cometer el delito”
La investigación demuestra la falsedad de esta aseveración, pues sólo en un 11,8% de los casos se registra consumo de alcohol o estado de inconciencia al momento de la agresión sexual. Lo frecuente es que existe todo un proceso de acercamiento a la víctima finamente planificado.

Mito 5: “La mejor forma de proteger a niños, niñas y adolescentes de un abuso sexual es no dejarlos solos con personas y en lugares extraños, mantenerlos en casa y enseñarles a no acercarse a extraños”.
Se ha indicado que el 81 % de las denuncias se atribuyen a personas conocidas y sólo un 19% a personas extrañas, complementamos la información con el ámbito del delito. ¿Dónde ocurren frecuentemente las agresiones sexuales?
En primer lugar se señala al domicilio de la víctima con un 29%, otro porcentaje significativo es el que corresponde al domicilio del agresor, con un 20%.

Mito 6: “El niño, niña y adolescente fomenta la violencia sexual y el silencio es señal de culpabilidad o falsedad de la historia”
“Cuando abusaron de mí aquí no avisé a nadie porque ya me pasó antes en mi pueblo otras veces, yo no sabía qué era, pensé que eso les pasaba a todas las chicas por igual, no sabía nada de delito”. Así explica una madre adolescente sobre los antecedentes de su abuso sexual.
Si consideramos la niñez y adolescencia como etapas en las que la persona no ha alcanzado el desarrollo pleno de sus capacidades y potencialidades, entenderemos que siempre se encontrará en desventaja frente a la autoridad del adulto, por lo que no es admisible la influencia del niño o adolescente en un adulto para la agresión sexual.

 

el
apunte

Pasos para
denunciar

El curso que se sigue en una denuncia de delitos contra la libertad sexual según el Código Penal establece dos etapas: una que se inicia a partir de la denuncia, y se realiza la investigación del caso, y otra donde se prepara y lleva a cabo el juicio hasta que se dicte la sentencia.
La denuncia de un delito contra la libertad sexual puede realizarse en la Policía, en el Ministerio Público (Fiscalía), Defensoría de la Niñez y Adolescencia o en la Fuerza Especial de Lucha Contra la Violencia (Felcv).     En el caso de comunidades donde no exista Fiscalía la denuncia se realizará ante la Defensoría o ante el Corregidor.
Desde el momento en que la Fiscalía toma conocimiento de la denuncia inicia la investigación, a su vez el Fiscal dirige la misma recurriendo a la Policía y al Instituto Forense, tras tener los informes policiales, el Fiscal analizará la información para imputar formalmente el delito, completar la información, disponer el rechazo o solicitar al Juez de instrucción la suspensión del proceso
(Art. 301). Cuando se imputa el delito significa que existen indicios para la acusación.
Cuando se concluye la investigación el Fiscal debe presentar ante el Juez o tribunal de sentencia:
a) La acusación;
b) La suspensión condicional del proceso, aplicación de procedimiento abreviado;
c) Sobreseimiento cuando es evidente el hecho no ocurrió o que el imputado no participó en el delito.
Para que se inicie el juicio, el Juez deberá contar con la acusación y las pruebas del Fiscal, abriéndose el proceso sobre la base de la acusación del representante del Ministerio Público o del querellante.