Antonio Moreno, una vida entre la resistencia y las guerrillas

Escrito por  Rafael Sagárnaga/ El País eN Ene 04, 2016

Él es uno de los bolivianos que estuvo literalmente en la línea de fuego de la Guerra Fría.  En la década de los 60, Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas llegaron al borde de una confrontación bélica. El epicentro era Cuba y el mundo vivía pendiente de que en cualquier momento una ofensiva estadounidense sobre la isla desate una conflagración sin precedentes. Y en la primera línea de la batalla inicial que parecía avecinarse estaba el boliviano José Antonio Moreno Villegas.
Corría el año 1968 y él formaba parte de un destacamento de guerrilleros latinoamericanos que habían recibido instrucción militar en la perla del Caribe. Próximos a completar su formación, recibieron la orden de prepararse para un combate real.
“Éramos cerca de 40 compañeros  – recuerda Moreno- . Dijeron que iba a haber una invasión que entraría por Matanzas (provincia ubicada frente a la Florida). Tomamos posiciones cerca de la playa. Durante cuatro a cinco días hubo mucha tensión, especialmente de noche, cuando aparecían luces en el mar y surgían gritos de máxima alerta. Éramos uno de los grupos de vanguardia, atrás nuestro había tanques, carros de asalto y tropas del Ejército. Pero todo se calmó”.
Aquel novel guerrillero bordeaba entonces los 22 años. Pero ya tenía un vasto recorrido en la vida sindical, política y subversiva que nucleaba a decenas de miles de jóvenes en el continente. De hecho, casi un año antes se le confió una cara responsabilidad en el traslado de reclutas bolivianos a La Habana.
“En el viaje de ida sufrí harto, me quería morir de los nervios -relata Moreno-. A mí me confiaron la plata para comprar los pasajes del grupo”. Aquella responsabilidad implicaba transitar ocho países de tres continentes y adquirir boletos de trenes, buses y aviones reiterativamente. También administrar pasaportes y documentos de identidad diversos. Los organizadores de estos viajes encubiertos no confiaban en todos los reclutas y se aseguraban que no haya deserciones.  
Llegar a esos momentos límite a esa edad había sido en buena medida obra del destino. Moreno Villegas nació en La Paz, no conoció a sus padres. A sus 13 años un tío le consiguió trabajo en el ferrocarril Arica - La Paz. Allí un dirigente sindical virtualmente lo apadrinó y le empezó a hablar sobre los ideales socialistas. La efervescencia revolucionaria de esos tiempos  impulsó a aquel niño a incorporarse a las filas del Partido Obrero Revolucionario (POR) – Combate, de corte trotskista (*). Por ello, su formación ideológica maduró intensamente durante su adolescencia y la invitación a completarla en Cuba fue prestamente aceptada.   
Moreno es un referente de aquellos tiempos en que jóvenes de toda condición decidían enfrentar férreas dictaduras o iniciar guerrillas en las montañas. Diversas personalidades y activistas ligados a los peligrosos años 60 y 70 corroboran o refuerzan sus relatos.  
La experiencia cubana fue el inicio de tres lustros que le exigieron dosis extraordinarias de adrenalina a su organismo y suerte a la vida. Y, en ese marco, lo sucedido en Matanzas, pese a su singularidad, cuenta entre sus recuerdos más apacibles de aquellos tiempos.  Ya llegarían, casi sin tregua, momentos mucho más críticos.

La fuga de la cárcel
A su retorno a Bolivia le esperaban condiciones altamente adversas. La intentona del Che Guevara en 1967 había avispado a la CIA (Agencia Central de Inteligencia de los EEUU) y a la dictadura boliviana. Operativos de inteligencia por todo el orbe se orquestaron. Moreno y decenas de sus compañeros en otros países cayeron, unos presos y otros muertos, a poco de pisar el territorio de sus países.      
Por ello, a principios de 1969 se hallaba preso en la paceña cárcel de San Pedro. Gobernaba el país el general Alfredo Ovando Candia. Bolivia se agitaba entre fuerzas sindicales y políticas que reclamaban un gobierno socialista enfrentadas a poderosos grupos fascistas que exigían orden y represión.
Marchas, atentados, concentraciones, complots se habían hecho cotidianos. En septiembre de aquel año a Moreno le llegó el instructivo de organizar una fuga junto a los camaradas recluidos en San Pedro. El escape se produjo el 5 de octubre. Coincidió con un rocambolesco (**) golpe de Estado que derrocaría a Ovando e inauguraría el gobierno izquierdista del general Juan José Torres.
 “La fuga resultó muy organizada –recuerda un activista de aquellos tiempos- . Empezó con un dinamitazo en la puerta del penal, luego capturaron al gobernador y a los guardias, y después frenaron la fuga de los presos comunes. Finalmente, Moreno y los fugitivos ingresaron en taxis que los esperaban frente al panóptico. Minutos más tarde llegaron a la Universidad Mayor de San Andrés,  donde fueron recibidos como héroes”.
Pero el régimen de Torres resultó aún más agitado y breve que el de Ovando. Diversas corrientes de izquierda exigían la radicalización de un proceso que llegó hasta  instalar una Asamblea Popular. Unos temían, otros esperaban y algunos hasta buscaban una confrontación definitiva con la derecha que, amparada por el Pentágono estadounidense, organizaba aceleradamente su respuesta.

Combates en La Paz
Entre el 19 y el 21 de agosto de 1971, se produjo un golpe de Estado envolvente que se inició en Santa Cruz. El coronel Hugo Banzer Suárez aliado a partidos de derecha y ultraderecha lideró la asonada. La batalla final se libró en La Paz, en la zona de Miraflores, cerca del Estado Mayor de Ejército.
Era el objetivo estratégico de quienes defendían a Torres: el regimiento escolta Colorados, obreros, universitarios, células de diversos partidos de izquierda y cuadros sobrevivientes de las guerrillas guevaristas. Entre ellos se movilizaba el POR –Combate, Moreno articulaba tácticas  y proponía objetivos.
Testigos de aquella confrontación (***) recuerdan la presencia de José Antonio junto a un grupo de militantes maoístas en la toma del cerro Laikakota. Allí fue derrotado el regimiento Castrillo. El siguiente paso constituía el asalto al corazón del poder militar boliviano.
Moreno cuenta que intentó liderar la avanzada con un tractor que recuperó de la Intendencia Municipal y en el que cargó dinamitas. Pero la metralla castrense, vertida por armamento flamante, frustró reiteradamente sus embestidas. Horas más tarde, bombardeos de cazas de la Fuerza Aérea, primero, y descargas de regimientos blindados, luego, apagaron toda resistencia.
El régimen de Banzer inició de inmediato una sañuda represión contra todo lo que implicara “la amenaza comunista”. El saldo fueron 80 asesinatos, 75 desaparecidos y 3.500 presos y torturados. Moreno se refugió entonces en Chile, donde el gobierno socialista de Salvador Allende vivía su propia pulseada contra la derecha y el poder transnacional.

Fusilamiento en el Estadio
En los siguientes 24 meses la polarización política chilena llegó a bordear el colapso, cientos de exiliados bolivianos eran parte activa en fuerzas izquierdistas. El 11 de septiembre de 1973 Allende moría en el Palacio de la Moneda resistiendo la asonada militar. Paralelamente llegaba al poder uno de los íconos del autoritarismo, la corrupción solapada y, sobre todo, la represión inmisericorde: Augusto Pinochet Ugarte.
Una de las primeras y más recordadas medidas de Pinochet fue convertir el Estadio Nacional en reclusorio y patíbulo para miles de prisioneros políticos. Moreno fue uno de ellos. Entonces sintió la muerte más cerca que nunca.
“Caí preso junto a otros dos compañeros bolivianos, René Higueras y Edgar Cadima –recuerda-. Al llegar al estadio nos dijeron que nos iban a fusilar. Nos hicieron parar frente a un pelotón militar y nos vendaron los ojos. Segundos después abrieron fuego, pero dispararon por encima, hacia la pared que estaba a nuestras espaldas”.
Pero la ruleta de la muerte en el estadio chileno seguiría jugando con ellos durante varios días. En un momento Moreno y Cadima intercambiaron dramáticos pedidos. “Si muero, por favor, cuidas de mis hijos”, solicitó el primero. “Y si yo muero, les dices a mis padres que los quiero”, respondió Cadima.
Durante días y días, una ametralladora pesada apuntaba a la formación de miles de presos. Detrás del arma se ubicaban escuadrillas militares y civiles encapuchados que observaban cuidadosamente a los detenidos. “Los encapuchados separaban a tres o cuatro, e inmediatamente los mataban con disparos –recuerda Moreno-. Por las noches bajaba un helicóptero a la cancha y recogía los cadáveres”.   
“Tienen suerte  -les dijo un día un custodio militar-. Ha llegado una comisión de Naciones Unidas, se los van a llevar”. Poco después fueron trasladados al refugio del convento Padre Hurtado. Y semanas más tarde los trasladaron a París para luego distribuirlos en diversas capitales europeas como asilados.

En la guerrilla argentina
Pero la intención de los militantes del POR - Combate era retornar a Bolivia y reforzar la resistencia frente a la dictadura de Banzer. En esas intentonas, Moreno pasó algunos meses por Argentina y fue parte del Ejército Guerrillero del Pueblo (ERP). Cuenta que conoció en persona al mítico líder guerrillero Mario Roberto Santucho y recuerda la proverbial mística de aquella organización.
Destaca la sincronización y cuidados que caracterizaban a sus medidas de seguridad. Vierte expresiones de asombro por la sangre fría de personajes como Enrrique Gorriarán Merlo  (****) y las comandantes mujeres que encabezaban los operativos del ERP.
“Algo que me sorprendió fue que uno de los jefes del Estado Mayor del ERP era un cochabambino –cita-. Y sé que está vivo y es uno de los pocos sobrevivientes del ERP”. Resume así el exterminio de aquella organización a manos de la dictadura que golpeó en marzo y mató a Santucho en julio de 1976. Meses antes Moreno había partido rumbo a Bolivia.
La dictadura de Banzer comenzó a tambalear a fines de 1977, a principios de 1978 el tirano se vio forzado a llamar a elecciones. A Bolivia le esperaban todavía dos sangrientos golpes de Estado, una “narcodictadura” y dos traumáticas reaperturas democráticas en los siguientes dos años.
Moreno y el POR – Combate contaron entre los grupos de resistencia a los últimos aleteos del fascismo. Pero sus postulados revolucionarios y estructura no lograron sostenerse frente a la ola neoliberal que a mediados de los 80 diezmó a la izquierda boliviana. El colapso mundial del socialismo afectó también al POR Combate que se disolvió en 1986.
Entre los 90 y el nuevo siglo, Moreno mantuvo su activismo en sindicatos, juntas vecinales y organizaciones de víctimas de las dictaduras. Hoy,  junto a viejos compañeros de los años peligrosos, reconstruyen y evalúan sus vidas. Reescriben historias inéditas que involucran a personajes históricos, análisis teóricos, travesías, inmolaciones, torturas, victorias y también anécdotas que desatan carcajadas.
“Hubo costos muy grandes, que especialmente los sufren las parejas y los hijos. Pero cómo no valorar también esos ideales, ese estudio de la realidad social. Leíamos, yo ya a mis 14 años, no sólo libros de teoría revolucionaria, sino a Tolstoi, a García Marquez, a Kafka, a Hesse. Éramos jóvenes que honrando sus ideales no bebían, no fumaban; y estaban verdaderamente dispuestos a jugarse la vida por una sociedad más justa”.
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(*) Partido liderado por Hugo Gonzales Moscoso que se escindió del POR fundado por Guillermo Lora.
(**) La disputa entre facciones militares de izquierda y derecha derivó en que haya seis presidentes en escasas 48 horas, Torres, finalmente, logró cohesionar a fuerzas castrenses y organizaciones sociales.
(***) Diversos textos y documentos respaldan y hasta citan específicamente a José Antonio Moreno, entre ellos, “De Torres a Banzer” (Samuel Gallardo L.), Ruptura del Proceso Revolucionario (Isaac Sandoval R.) y Teoponte (Gustavo Rodríguez O.).
(****) Gorriarán Merlo participó en famosos operativos y confrontaciones contra fuerzas militares. Su actuación más destcada fue el atentado que le costó la vida al ex dictador nicaragüense, Anastasio Somoza, en Asunción del Paraguay. 

Mil y un historias de tiempos de la represión  

 La memoria de los protagonistas de los tiempos de golpes de Estado y guerrillas sabe a antología. Alguien recuerda, por ejemplo, cómo un prestigioso médico, Hugo Bleichner trabajaba en el hospital militar. Nadie imaginaba que el galeno era militante de la guerrilla. Tras concluir sus turnos, tomaba una radio militar ubicada tras el nosocomio y pasaba información tanto a Cuba como al Che Guevara. Tras meses en esas funciones, un militante que cayó prisionero lo delató.
Otro cita cómo en algunas capitales europeas, el G2 cubano (departamento de inteligencia) tenía oficinas donde se cambiaba la identidad de los guerrilleros. Uno de los responsables cubanos de aquella labor, “el comandante López”, fue coptado por la CIA en 1968. La información que López entregó derivó en una ola de operativos que recibieron a bala o con esposas a quienes retornaban de Cuba.   
También se citan momentos extremadamente trágicos por errores, precipitaciones o traiciones. Alguien recuerda cómo tras estallar el golpe de Banzer cientos de jovenzuelos salieron a la resistencia. Cita que le conmovió especialmente un grupo de troskistas (POR – Lora). Estos, pese a insistentes pedidos se movilizaron hacia la sede de la misión militar estadounidense. La respuesta se convirtió en una masacre. La sangre y los rostros dormidos de jovenzuelos, algunos con rasgos casi infantiles, no se le olvidan.
La efervescencia socialista de entonces permitía reclutar militantes hasta en colegios. Junto a los POR, destacaban el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML- maoísta), el Partido Comunista de Bolivia (PCB – Stalinista), el Partido Socialista (PS), el Partido Demócrata Cristiano Revolucionario (PDCR) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), entre otros.