RECORDANDO A DON CARLOS “MOTETE” ZAMORA TRIGO

Escrito por  Jun 09, 2013

Omar j. Garay Casal

En Tarija, se recuerda con aprecio a Don Carlos “Motete” Zamora Trigo, uno de los pioneros en la atención farmacéutica en la ciudad capital, junto a otros pocos que no superaban por entonces el número de los dedos de una mano. Sus habitantes, aquellos que lo conocieron, aún mantienen pegada en sus retinas, su desgarbada, delgada y frágil figura, caminar casi encorvado, lento y de tranco largo, frente amplia, cabello lacio, peinado hacia atrás engominado, ojos saltones, cejas trianguladas muy pobladas que contrastaban con un bigote fino, escaso y muy cuidado; cara larga y quijada cuadrada y con un corazón más grande que un estadio de fútbol. Fue un hombre simple  con un corazón de oro, de aquellos que  ya no existen o si existen hay que buscarlos con lupa para encontrarlos.
Muchos sabían de él únicamente por el apodo “Don Motete”; a diferencia de sus amigos más cercanos que preferían llamarlo “Motetito de Cristal”; de sus parientes que lo apodaron como el “Motete verdadero” y los chapacos que lo denominaron como el “Dostor Motete”. 

Desde 1942, sin ser profesional bioquímico farmacéutico, sino un empírico en la materia,  administraba y regentaba “La Farmacia Zamora Trigo”, conocida también bajo los denominativos de Botica y Droguería, ubicada en la calle General Trigo No. 642. Fue un negocio bien surtido, con bastante clientela, proveedora de las necesidades de los enfermos de la capital y del campo. Cuando se ingresaba al establecimiento, lo primero que se escuchaba era una música clásica que sonaba a volumen moderado y provenía de una radio a electricidad, moderna para la época, que asomaba por encima de uno de los mostradores de madera; donde también se podían observar medicamentos de diversas clases y marcas en cajas o envoltorios de cartón, frascos y recipientes de vidrio y latón de todos los tamaños y colores, biberones, pastas dentales y todo aquello que por lo general se comercia en las farmacias modernas. A lo que se agregaba un penetrante y fuerte olor a alcohol medicinal, mezclado con otros olores, entre los que se confundían los clásicos a penicilina, agua oxigenada, merthiolate, yodo, lavandina, éter, similar al que inunda los hospitales y clínicas donde pareciera estar todo impregnado (techos, paredes y pisos) con  aquel olor inconfundible de los remedios.  
“La Botica” de Don Motete era como la casa del pueblo, a ella acudían los enfermos de la capital y principalmente campesinos que viajaban a la ciudad, entre otros motivos,  porque cargaban con alguna dolencia que merecía atención médica y farmacéutica. Aunque luego de la visita al médico, se enfrentaban con un problema muy serio, no entendían ni jota lo que decían las recetas médicas, en realidad ¿quién entiende o entendía las recetas médicas? Para ser más exacto ¿la letra de los médicos en una receta? Por lo general nadie, incluido el propio médico.
Y en Tarija, Don Motete era de los pocos que tenían ese don, traducía lo ilegible. Ello equivalía a oro, en momentos en que la mayoría de los campesinos de Tarija eran analfabetos y por tanto no sabían escribir y menos leer ni su propio nombre, ni pensar en los jeroglíficos que ya no llegaban en papiros, sino en forma de instrucciones médicas. Pero “Don Motete”, además de traductor de recetarios, envolvía  personalmente los remedios en papeles de colores (rojo, verde, azul o blanco) cuando se había recetado más de uno, instruyendo al campesino, cuál de los envoltorios contenía el remedio (pastillas, cápsulas, tabletas, jarabes) que debía ingerir primero según la dolencia o el mal que padecían y cuál de los otros después; con señalamiento de horas fijas y cantidades exactas. De modo que no tenga duda ni se produzca en él campesino ninguna confusión trágica al momento de  tomar o ingerir los medicamentos recetados.
Había un antecedente que Don Motete constantemente recordaba: mencionaba que en una oportunidad un Chapaco se le quejó porque los remedios que le había recetado su médico no sirvieron para nada ya que no le hicieron efecto y porque además no le habían gustado después de probarlos y, claro, nunca habrían de gustarle ni hacerle efecto, porque lo que se había tragado el cándido campesino fueron supositorios que confundió con cápsulas prescritas para el dolor de muelas que debían administrarse por vía oral. Desde entonces, Don Motete se propuso ayudar a los  campesinos  para que no volviera a repetirse aquel anecdótico suceso.      
Tal fue el éxito de ventas y de clientela que tenía la Botica de Don Motete, que su propietario no escapó a la envidia y habladurías de la gente, propios de un pueblo más chico que grande y en el que sus escasos habitantes se conocían unos a otros; los que se encargaban de hacer circular el rumor de que Don Motete  habría suscrito algún pacto secreto con el más allá, lo que le garantizaba suerte y fortuna tan esquivas para los propietarios de los otros negocios. En realidad, nunca hubo nada extraño, ni Don Motete había firmado pacto alguno ni había descubierto el Santo Grial, que le permitiera develar los secretos más recónditos que lo condujeran directamente hacia el ansiado éxito comercial o de ventas. Lo que ocurrió fue que él antes que los demás, cayó en cuenta que con paciencia se gana el cielo, virtud de la que pocos se pueden ufanar y que en él sobraba. Fue esa capacidad de escuchar atentamente al otro, lo que le permitió ganarse la confianza de la gente, en su mayoría campesinos, quienes descubrieron  en su persona al intermediario ideal entre éstos y los médicos, especie humana esta última, difícil de tratar por su excesivo narcisismo e indisimulada soberbia, por lo menos en nuestro medio.
A Don Motete, le sobraba disposición al trabajo y buena voluntad para atender a sus clientes.  Siempre atento, amable, cordial, caballeroso y dispuesto a ayudar, en cualquier circunstancia al prójimo; cualidades sobre las que si uno se pone a pensar, son difíciles de encontrar reunidas en una sola persona. Al respecto Jorge Luís Borges decía en uno de sus tantos escritos: “que  las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas” y en el caso que nos ocupa no quedan dudas que fueron muchas más las buenas razones que primaron para que los tarijeños, apreciaran como se apreció a Don Motete.
Destacaba además por su honradez y honestidad, demostrados a lo largo de su vida, quedando  documentos que prueban lo afirmado. En una ocasión canceló un saldo adeudado desde bastante tiempo atrás a la Botica y Droguería Inglesa J.R. Smith y Cía. de la ciudad de Oruro, lo que le valió el inmediato reconocimiento de parte de sus acreedores y directivos, quienes le manifestaron nunca haber dudado de su cumplimiento y de su alto sentido de responsabilidad.  En otra, el año 1967,  la Sra. Teresa Kieffer viuda de Galdo  le agradecía mediante nota escrita desde la ciudad de La Paz, el gesto de ponerse al día con una deuda contraída años antes con su esposo Don Héctor Galdo (a quien iba dirigido el cheque), a tiempo de comunicarle que su acreedor había fallecido tres años atrás, por lo que finalmente le solicitaba pusiera el cheque a su nombre; lo que Don Motete cumplió de inmediato.  En definitiva, honraba sus promesas y también sus deudas, las que cancelaba incluso cuando ya el acreedor se había finado o muerto, a costa muchas veces, de su quebrantada y no tan sólida economía.
Virtudes que asimismo fueron reconocidas por las principales autoridades y presidentes de instituciones representativas de la capital. Lo  que consta en una nota escrita, firmada  y reconocida por ante Notario de Fe Pública el 16 de enero de 1965, por el Alcalde Municipal, el Obispo de la Diócesis, Los Presidentes de la Cámara de Comercio, Cuerpo Médico, Club de Leones, Rotary Club, Federación de Excombatientes de la Guerra del Chaco, Cruz Roja Departamental, Junta Diocesana de Acción Católica; el Secretario Ejecutivo de la Central Obrera Departamental y de la Federación Universitaria Local, en la que lo respaldaban ante cualquier gestión, incluida la de solicitar la prolongación de la licencia y el registro de la Botica o Farmacia a su cargo. Siendo estas personas  representantes de un colectivo social tan dispar como importante, no quedan dudas del cariño y respeto al que se hizo acreedor por aquellos tiempos Don “Motete” Zamora, en Tarija.    
Cooperó a diferentes personas  e instituciones de la capital y de las provincias, con dinero en efectivo y con la entrega de medicamentos, como consta en agradecimientos escritos que hicieron llegar entre otros La sociedad Protectora de Niños y Ancianos, Hospital San Juan de Dios, Club Bancario, Hospital de Entre Ríos, Conferencia de Señoras de San Vicente de Paul (Vicentinas), Federación Obrera Sindical, Congreso Eucarístico (1952). Hasta preparaba paquetes conteniendo diferentes artículos de su ramo, para obsequiar a sus clientes en calidad de aguinaldo navideño.
Tal la popularidad de Don Motete, que su sobrenombre sirvió para hacer propaganda en elecciones políticas en el Departamento, principalmente en el campo, donde todos conocían a Don Motete.  
En su farmacia se expendían variados como afamados medicamentos para la época. Así Binvex de Roemmers, se ofrecía para el tratamiento de la bilis, colerinas y disepsias gastro- intestinales y prevención de cálculos; Canesten de Bayer para infecciones vaginales y de la piel; el HN-25 de Milupa para  el manejo nutricional de los pacientes con diarrea aguda, en lactantes y niños como también en adultos  o la llamada diarrea del viajero; Omnival para eliminar la fatiga, insomnio, pérdida de peso, poca resistencia a las infecciones, embarazo y lactancia, desnutrición e inapetencia, servía también para la recuperación rápida de personas operadas; Onkovertin de Braun solución para aumentar el caudal sanguíneo y el Osmofundin, infusión que facilita la eliminación de agua por los riñones. Aparte de los conocidísimos productos Efetonina o Jarabe de Merck para el pronto alivio de la tos y el Nene dent para la dentición del bebé; Penicilina barata y todos los artículos de Murray y Lamman.  
Se ufanaba de vender remedios a precio de costo, con los que no lucraba. “Precios razonables al alcance de todos los bolsillos” rezaban algunas de las propagandas de la Botica, publicadas en el periódico local de la época.  
Pero La Botica de Don Motete no era una Botica cualquiera, además de medicamentos, allí se expendían otros artículos de consumo masivo. Competían en ventas con los remedios, los afamados zapatos o calzados “Zamora” fabricados por la Empresa Nacional de Calzados con asiento en la ciudad de Oruro; perfumes de reconocidas marcas; las famosas hojas de afeitar Guillette y el conocidísimo almanaque Bristol, que se expendía como pan caliente.   En suma se ofrecían en la Botica de Don Motete, todo tipo de servicios, los sanitarios entre los que se incluían la colocación de inyecciones, preparado de algunas pomadas o pócimas, dispensa de medicamentos, consejos personales y los denominados productos de para-farmacia como los higiénicos, cosméticos, etc.  
Existen otros antecedentes que hacen a la vida pública y privada de Don Motete, nació el 1 de mayo de 1906; se casó muy joven y tuvo 3 hijos, fue Sub Prefecto de la Provincia Cercado; Oficial primero, Habilitado y luego Secretario de la Prefectura; Secretario de la Junta de Control de Giros (distribuía las divisas para todo el comercio); Agente de Seguros de Lloyds de Londres; Fundador y presidente  del Club de Leones; Socio de La Cámara de Comercio; Socio del Club Social; Socio del Tenis Club; Miembro Honorario del Segundo Congreso Eucarístico Diocesano; Administró y regentó la Farmacia-Droguería “Zamora Trigo”, establecimiento desde el cual prestó servicios a todos los enfermos del departamento de  Tarija, hasta el 14 de mayo de 1986, fecha a partir de la que se hizo cargo del establecimiento su hijo René Zamora Mendoza, profesional en la materia.
En 1988 fue condecorado por la Prefectura del Departamento,  con la Medalla Moto Méndez, como justo reconocimiento por su incansable cooperación a la comunidad Tarijeña y en especial al campesinado.
Rectísimo hombre, sin duda, Don Motete, que concebía su ocupación como un servicio a los demás y no como una obligación. Fue un hombre decididamente comprometido con la sociedad con la que le tocó vivir. En definitiva, un verdadero personaje de la Tarija del siglo pasado.     

Fuentes: Tradición oral. Colaboración especial de la Profesora Luz María Achá. Documental: File personal de Carlos Zamora Trigo. Publicaciones de Periódicos La Verdad y La Voz del Sur Tarija.