(400 AÑOS “EVANGELIZANDO LA PAZ” DESDE TARIJA) CARTAS A LOS AMIGOS (SEPTIMA PARTE)

Escrito por  Jun 09, 2013

Referencia: Tristezas en el altiplano y logros del Centro Eclesial de Documentación. En la tierra de la memoria que es el Chaco.

Queridos amigos,

Es difícil aceptar situaciones de por sí contradictorias. En la carta de octubre me detuve solamente haciéndoles conocer la belleza de los sellos postales emitidos con motivo de las celebraciones del IV Centenario. El peligro de la presente es el de incurrir en la misma omisión. La pregunta surge acerca del porqué de esa resistencia a decir. Escribiéndoles a ustedes que se encuentran lejos de nuestras realidades, debo confesar que no me resulta fácil hallar las palabras que puedan describir adecuadamente los hechos. Sabemos bien que uno de los graves problemas de la actual situación mundial es la construcción de un lenguaje artificial que pretende transmitir contenidos específicos. La referencia al terrorismo se ha convertido en un hecho tan omnipresente que podría ser relacionado tanto con el hurto de una bicicleta como de un misil, o peor aún justificar acciones de guerra como si fueran solamente una pesadilla.

¿Cómo les puedo hablar de los muertos de Huanuni? Huanuni es un distrito minero, donde a las faldas de un cerro, trabajaban centenares de mineros divididos en cooperativas “privadas” y una empresa “estatal”. Los diferentes socavones de apertura de las minas conducían a las entrañas de la misma montaña. Hacía ya varios días que había surgido el conflicto. Fue informado el gobierno que, con decisiones muy particulares, no envió refuerzos militares para poder controlar ambos bandos. Se presentía aires de macabra tolerancia que no asumía ninguna mediación, aunque al mismo tiempo coqueteando con un predeterminado vencedor. La tristeza de las contradicciones fue traducida con la frase: “En lugar de militares les puedo enviar ataúdes”. Los veintidós muertos dieron la razón a esa arrogante segunda solución. Ante lo sucedido, más que reprochar la intención, se debe condenar la insolencia de aquella expresión. Esos muertos (por las polémicas surgidas) no tuvieron paz durante todo el mes de octubre.
En noviembre, las celebraciones de los Santos y de los Difuntos fueron una terapia de cielo. Asimismo, la tarea de dar los últimos toques a las ediciones ocupó mis pensamientos. Tuve que ir también a Santa Cruz para que descansara un poco Manuel Gómez, que fue el gran héroe de todo ese esfuerzo que duró casi tres años. Los cuatro volúmenes, aún con olor a tinta de imprenta, se añaden a los tres anteriores haciendo un total de siete. Es la historia de cuatro siglos de vicisitudes vinculadas a los frailes de Tarija.
Con estas imágenes de papel impreso, el 26 de noviembre, yo y el chofer José Siles, partimos de madrugada con dirección a Santa Cruz. Allí, el 28, teníamos que presentar la obra en una de las salas del museo de la ciudad. Después de media hora estábamos ya sobre la carretera denominada del Chaco. Era un camino ondulado hasta Canaletas, unas veces entre colinas color de tierra y otras entre cumbres que no dominas y que se yerguen abruptas ante ti. Luego llegamos a Narváez, que es un pedazo de paraíso, hecho de agua y verde. Más allá, después de una sucesión de prolongadas subidas y breves bajadas, el jeep nos condujo a unas altiplanicies que nos dejaban ver paisajes bastante extensos. Al reaparecer el verde, a pocos kilómetros, ingresamos a la plaza de Entre Ríos. Tuvimos que adelantar la hora del almuerzo tomando un refrigerio frente a una plaza afelpada de colores de rosas. Dos horas después llegamos a Palos Blancos. La preocupación porque nos quedaban aún otras cinco horas de viaje hasta Macharetí nos obligó a hacer una parada para comprar botellas de agua fresca y continuar hasta Villamontes. La carretera se prolongaba sobre una extensión verde de bosque talado, que permitía entrever señales de vida animal y de vegetación. Vacas y caballos se movían lentamente bajo la sombra de los arbustos o alrededor de los charcos de agua.
Siempre me ha impresionado este paisaje que te introduce en una densa llanura verde, manchada por cabelleras de colores uniformes. Todo esto comienza en Villamontes a donde llegas pasando por un microclima muy húmedo desde que llegas al Pilcomayo. Desde allí, te mueves por una especie de garganta a la mitad del cerro entre una pared de rocas, por una lado, y un precipicio por otro. Es tal la profundidad que no se puede distinguir el curso de las aguas que brama abajo. La espumeante corriente sólo se puede divisar cuando los ojos logran alinear una secuencia de cachuelas que terminan en un horizonte de barrancos. No era época de pesca de sábalos que hacen que los meses de mayo a septiembre sean una fiesta total. Es un juego cruel de engaños que se esconden bajo el agua: los peces se mueven por miles contra la corriente hacia las fuentes de nacimiento del río; pero donde el obstáculo no es natural sus ilusiones terminan en las redes de los pescadores.
Allí comencé a respirar el aire de las antiguas descripciones de los viajes misioneros franciscanos. Mi empeño era relacionarlos con las páginas de los documentos que habíamos publicado. También en Villamontes la parada fue breve, sólo el tiempo que nos llevó reponer la gasolina. Dos horas después, comencé a imaginar Tarairí (escondido por cinco kilómetros de espesa vegetación) y finalmente Macharetí. Es una misión franciscana que ha logrado conservar los rasgos primigenios. Parte de la población habla todavía el guaraní, pero ya está asfixiada por escuálidas tiendas de productos alimenticios y de bulliciosos instrumentos eléctricos. La parte central de la casa de los frailes conserva aún los materiales y estructuras antiguas. También la parte posterior de la misma muestra aún los rasgos de la laboriosidad de los campesinos en cuanto a carpintería, cultivo de hortalizas, frutales y corrales para animales domésticos.
El encuentro con los padres fue como siempre, muy afectuoso, con la mesa preparada con lo mejor de la sabiduría de la cocinera. La conversación se centró en los últimos acontecimientos nacionales y sobre los motivos de nuestro viaje a la ciudad de Santa Cruz. La alegría concluyó con un adiós hasta el próximo encuentro. Al día siguiente muy temprano, 27 de noviembre, estábamos nuevamente en el jeep. El chofer José es un experto viajero por estos lugares. Estábamos manteniendo el cronograma del viaje. Nos dirigíamos hacia Camiri a donde debíamos llegar en tres horas. Entramos a la casa parroquial de Boyuibe para saludar a Fray Juan Ignacio: breves palabras acompañadas por una botella de vino. Teníamos que apresurarnos. Sin detenernos pasamos el cruce que conduce a las misiones de Cuevo y Santa Rosa. Era el día de mi cumpleaños y suponía que la coincidencia no pasaría desapercibida para el P. Silvio Iori (franciscano trentino), Guardián de la Comunidad de Santa María de los Ángeles. Llegamos alrededor de las 11 de la mañana. Los saludos se hacían cada vez más sonoros conforme iban llegando los otros Hermanos toscanos. Nos encontramos allí por pura casualidad. Nos habían reunido allí solamente las preocupaciones cotidianas de la vida misionera. Alrededor de la mesa, preparada magistralmente por el P. Silvio, comenzaron a resonar las felicitaciones y de inmediato llegó nuevamente la hora de partir hacia Santa Cruz. Se unieron a nosotros el P. Nasini y el P. Bragagni.
La región del Chaco entre Camiri y Santa Cruz se presentaba bastante diferente con respecto a la de Villamontes y Camiri. La selva prácticamente había desaparecido, colonizada por la agricultura. Inclusive el ganado parecía menos disperso, las ovejas andan en grupo y las cabras se mantienen siempre en torno a las casas. Ya no se ven caballos ni jinetes. La influencia de la ciudad de Santa Cruz ha llevado la urbanización a la zona. Desde Río Grande (es un río “grande” en el pleno sentido de la palabra, por su curso de ancho cauce y abundante agua) se notaba con claridad la adopción de modelos de la vida citadina. Las grandes extensiones de tierras de los menonitas demuestran que se ha producido una racionalización del campo sólo en función del ganado: pocas hileras de árboles, atajados de agua y maizales. Los modelos de vida boliviana aparecían sobre todo en la composición arquitectónica de los pueblos, grandes y pequeños, que se extienden a lo largo de la carretera asfaltada en una secuencia continua de casas, intercaladas por huertos y construcciones de poca envergadura. Después del ocaso anunciado por horizontes de fuego, llegamos al convento franciscano de San Antonio en Santa Cruz. Los preparativos para la presentación pública de nuestras ediciones me obligaron a estar más ausente que presente entre mis Hermanos. La imagen que me repetían junto con sus saludos era la de fraile escritor. De esta manera me percaté de que todos estaban en conocimiento del evento porque lo habían leído en los diarios; por tanto, no era necesario redundar en lo que ellos ya sabían.
El éxito de la presentación de los volúmenes de “Presencia Franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia, según los documentos del archivo franciscano de Tarija (1606-1936)” y “Breve guía histórica, artística y cultural del convento de San Francisco de Tarija”, fue la exposición fotográfica en DVD de ambas obras. Quedé gratamente sorprendido por la gran simpatía y congratulaciones que difundieron después varios canales de televisión. Subrayaban siempre la capacidad de trabajo, la elegancia de las ediciones y esos rostros de la Bolivia profunda. Resonaba constantemente la frase con la que yo había sintetizado el trayecto recorrido: 40 años para conocer el Archivo Franciscano de Tarija, diez años para realizar la antología de los documentos conventuales y, finalmente, un logrado deseo de tranquilidad para observar las estrellas, ya no como compañeras nocturnas del trabajo, sino como inmóviles testigos de cuatrocientos años de presencia franciscana en las tierras chaqueñas. Saludos.

Tarija, 30 de noviembre de 2006

Fray Lorenzo Calzavarini ofm