Locos por el deporte

Escrito por  Jul 19, 2010

Ana Muñoz

Más de 13 millones de españoles estuvieron pendientes de sus televisores para ver si España le ganaba a Portugal, más de cuatro millones vieron la final de Roland Garros que ganó Rafa Nadal, el Superbowl 2010 batió todos los record de audiencia, el Gran Premio de Valencia de Fórmula 1 se retransmitió en directo en más de 185 países…

El deporte se ha convertido en lo único que nos saca, a los ciudadanos, de nuestro letargo diario.

Ser sede de un Mundial de fútbol, celebrar los Juegos Olímpicos u organizar un gran evento deportivo del tipo que sea se convierte en un objetivo nacional que todo el mundo apoya sin tener en cuenta los pros y los contras. Ser el escaparate del mundo durante unos días u horas es un momento importante para el país organizador. Se convierte en protagonista y miles de personas conocerán la ciudad o el país. Al mismo tiempo, se pone en juego la imagen de los ciudadanos y de la nación. “Cada nación tiene una marca y esa imagen es muy importante para su progreso y bienestar”, explica Simon Anholt, consultor británico experto en Nation Branding. Anholt está convencido que una buena imagen del país hace que sus productos, su cultura, sus servicios, su mano de obra se exporte mejor. También una imagen positiva atrae a más turistas, a inversores… En definitiva, la buena o mala imagen de un país tiene mucho que ver con el respeto que se tiene de ella.

La organización de un evento de carácter internacional también atrae ingresos. Por ejemplo, organizar unos Juegos Olímpicos ofrece un aumento del PIB del país del 1% de media durante cuatro años. Más turistas, más comercio, mejores infraestructuras, empleo… Aunque, como dice el refrán, no es oro todo lo que reluce. La historia de los Juegos Olímpicos está plagada de grandes fracasos. Sirva como ejemplo, los Juegos de 1976. Montreal estuvo pagando hasta el año 2000 la factura de estos Juegos Olímpicos. Tampoco fueron mejores los de Los Ángeles o los de Grecia 2004. Así, la rentabilidad económica de algunos eventos deportivos queda en entredicho.

Sin embargo, ¿qué ocurre cuándo la selección de país gana un Mundial o cuándo Los Lakers ganan un nuevo anillo de la NBA o un equipo gana la Champions League? Diversos estudios nos dicen que se produce un estado de alegría en los ciudadanos que contribuyen a una mejora de la autoestima y a una mejoría en algunos datos económicos objetivos. Así, cuando Francia ganó el Mundial del 98 se registró una mejora en el consumo interno, mejoró la productividad de los trabajadores y en los años posteriores su economía creció más de un 3%. Eso mismo observaron dos economistas norteamericanos, D. Coates y B. Humphreys, en el caso de los equipos ganadores del Superbowl. Las ciudades de equipos ganadores veían aumentar los ingresos de sus ciudadanos.

La euforia que se produce tras finalizar con éxito un partido de fútbol, tenis, carreras de coches… inyecta una gran dosis de confianza y optimismo en los ciudadanos, que se olvidan de su vida cotidiana.

Frente a este optimismo y alegría, cabe la crítica porque los ciudadanos del Norte somos incapaces de movernos por la injusticia de que se recorten nuestros derechos con la excusa de la seguridad, de las desigualdades que se crean por los recortes sociales, porque se “salve” a los bancos en vez de dedicar ese dinero a erradicar la pobreza en el mundo… En cambio, un gol de Villa por un buen pase de Iniesta hace saltar de sus sofás a todo un país. Pero si eso significa, más trabajo, confianza en nuestra economía, más inversión… ¡Todos con La Roja!