Miércoles, 22 Noviembre 2017

El ensayo indócil

Escrito por  Eduardo Paz Gonzáles Mar 12, 2017

Hay momentos históricos cuya inteligibilidad puede ser sintetizada por los personajes que los forjan. Para la revolución de 1952 uno de estos actores destacados es Carlos Montenegro, que desde joven fue conocido como “el Fiero”, en razón de su afán polemista y una característica pluma flamígera.

Este cochabambino fue uno de los ideólogos más lúcidos del Nacionalismo revolucionario.
Nacido en 1903, desde la década del 20 ya ensayaba sus primeras saetas en la revista Arte y trabajo, que era animada por el anarquista Cesareo Capriles. Uno de los artículos de esa época, publicado en ocasión de la Semana Santa, le valió la excomunión. Profecía autocumplida para un muchacho que, a decir de Augusto Guzmán, tenía por lema: “Ni dios en el cielo, ni amos en la tierra”.
La convicción revolucionaria de Montenegro estaba plantada de cara a un país sumido en la miseria y bajo el acecho de los intereses extranjerizantes. Se elevaba como necesidad de arrebatar el poder político a un puñado de magnates “extraños al destino de Bolivia” y a ello dedicó su vida política y su labor intelectual.
En 1943, el ensayo que presentó al Concurso Nacional de Ensayos de la Asociación de Periodistas de La Paz fue galardonado con el primer premio. Originalmente titulado “Influencia y función del periodismo nacional en el proceso histórico de Bolivia”, fue rebautizado y publicado como “Nacionalismo y coloniaje” ese mismo año. En 2016 una nueva edición se hizo parte de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia. Este “ensayo”, bien señala Fernando Mayorga en el estudio introductorio de la edición más reciente, desafía la asignación de un género preciso y coquetea con la historiografía, la sociología y la ciencia política sin dejar de ser un programa político.
Criticado por rivales y exaltado por adeptos, “Nacionalismo y coloniaje” constituye una audacia en tanto va a estrellarse contra la herencia arguediana de escribir la historia boliviana bajo el signo del destino aciago del país. Montenegro rechazó la “furiosa autodenigración” que se había hecho sentido común y apuesta por plantear una trama agónica entre dos fuerzas históricas: aquellas pertenecientes a la nación y las propias de la antinación.
Una experiencia histórica animó el espíritu de “Nacionalismo y coloniaje”. Antes de cumplir los treinta años, Montenegro se enlistó para combatir en la guerra del Chaco; el punto de bifurcación que lo distingue de sus aliados tempranos. Mientras Cesareo Capriles, José Antonio Arze y Tristan Marof denunciaron la Guerra del Chaco como la expresión de intereses imperialistas, Montenegro engrosó las columnas que marcharon hacía el escenario de la conflagración en compañía de sus connacionales. La enseñanza que había dejado la Revolución Rusa mostraba que era posible negarse a participar de una guerra donde los desposeídos mueren para que los acaudalados definan su supremacía. Sin embargo, Montenegro se vio comprometido con los destinos de sus coterráneos y fue actor y testigo de un momento que dejaría marcas que serían decisivas años después. De acuerdo al mismo Montenegro “cada soldado boliviano vuelto del frente, trajo en sí una partícula del ansia afirmativa de Bolivia, un soplo de sobrevivir, una chispa de la revolución autonomista”.
“Nacionalismo y coloniaje” se propone examinar el aporte que la prensa ha tenido en el devenir de la construcción nacional, aunque está lejos de detenerse exclusivamente en ello. El estudio de la participación en la prensa en la vida pública sirve como puerta de entrada para volver sobre episodios de la historia del país en el que la colisión entre las fuerzas de la nación y la antinación midieron fuerzas. Un elemento central de este encuentro agónico radica en que la dicotomía no se resuelve por una finalidad prescrita.
El sentido dramático proviene del hecho de que la nación no esté destinada a ser victoriosa, ya que bien podría perderse irremediablemente bajo el rasante avance del capitalismo de las potencias imperialistas. De ahí que Montenegro titule el último capítulo de su texto como “novela”, en el entendido de que las posibilidades abiertas por la historia sólo pueden concretarse por la acción que las ejecuta, por el anhelo que es puesto en movimiento y puede edificar sus sueños. En fin, una historia que puede ser forjada por sujetos y no solamente la historia de quienes están sujetados por ésta.
En el juego de las fuerzas de la nación y la antinación conviene destacar el papel que ocupan las clases sociales. Guillermo Lora resalta que en “Nacionalismo y coloniaje” hay una mirada idealista que omite tratar el tema de las clases sociales y la lucha en la que se involucran. Sin embargo, es notable que las clases nacionales y antinacionales son una preocupación constante a lo largo de los capítulos. Para Montenegro, la existencia misma de estas clases depende en primer lugar de no ser reducidas a polvo por el capitalismo internacional. Las funciones de resistir las fuerzas del coloniaje demarcan un campo de clases que potencialmente pueden actuar de modo conjunto frente a las que optan por ser absorbidas por las fuerzas imperialistas. Resalta más que sea Montenegro el nacionalista y no José Antonio Arze, el marxista connotado de la época, quien nutra más la reflexión sobre la clase en ese momento.
Es notable cómo el cambio de élites de inicios del XX conmina a Montenegro a ensayar una interpretación del ajuste que las clases feudales tratan de operar para convertirse en burguesía de impronta financiera. Los análisis del nacionalista pueden ser vistos hoy como precipitados, pero son sin duda una referencia de larga influencia sobre el sentido de la interpretación de estas en Bolivia.
La vida política de Montenegro es un intento de alcanzar esos derroteros a partir de avivar las chispas que deja el Chaco. A su regreso del Chaco Montenegro funda junto a Augusto Céspedes y Armando Arce el periódico La Calle, el cual es convertido en su bastión. Montenegro asume tareas en la recuperación del petróleo durante el gobierno de Toro y luego, en distintas coyunturas, cumple funciones de diplomático en Argentina y en México. Pasa brevemente por el gobierno de Villarroel, pero es excluido por presiones internacionales que lo asocian con los Nazis. Le toca enfrentar otras vicisitudes: Tristan Marof intenta asesinarlo. Como respuesta a la tramoya del putsch Nazi es perseguido y confinado y el periódico La Calle es clausurado en más de una ocasión. Las vicisitudes solo se interpusieron para que Montenegro volviese más obcecado sobre los rieles del ideario político que alimentaba y que sería esencial para engendrar el nacionalismo revolucionario.

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