Experta sugiere buscar un indicador alternativo al PIB

Escrito por  ALEJANDRO ZEGADA/EL PAÍS eN Jul 09, 2017

Ya los pioneros de la contabilidad, como Simon Kuznets y Colin Clark, recomendaban  medir el bienestar económico en vez el Producto Interno Bruto (PIB); pero éste prevaleció  porque las necesidades en tiempos de guerra exigían un indicador de la actividad total.

Un indicador no natural y adaptado al belicismo.
Diane Coyle, Profesora de Economía en la Universidad de Manchester, aumenta algunas precisiones sobre la desventaja de seguir utilizando el PIB como sinónimo de desempeño económico.
Entre otras cosas, el PIB “no puede medirse de forma precisa, a diferencia de los fenómenos físicos. Es un indicador imperfecto del bienestar económico y que tiene desventajas bien conocidas”.
El PIB mide el valor monetario de los bienes y servicios finales —es decir, aquellos que compra el usuario final— producidos y consumidos en un país en un período determinado.
Una limitación importante del PIB como indicador del bienestar económico “es que registra, principalmente, las transacciones monetarias a precios de mercado. Este indicador no incluye, por ejemplo, las externalidades medioambientales, como la contaminación o los daños a especies, ya que nadie paga un precio por ellas”, afirma Coyle.
Este indicador tampoco incorpora las variaciones en el valor de los activos, como el agotamiento de los recursos o la pérdida de biodiversidad: “el PIB no las descuenta de los flujos de transacciones realizadas durante el período cubierto”.
Y es que para la experta, el impacto de la contaminación en la salud pública y la productividad, y los costos de las inundaciones cada vez más frecuentes para los países que no están bien preparados, “son una muestra de la brecha” entre el crecimiento del PIB y el bienestar económico.

Un indicador cortoplacista
“El PIB no toma en cuenta ningún tipo de activo de capital, como la infraestructura y el capital humano; es un indicador a corto plazo por naturaleza”, dice Coyle, y considera que las políticas económicas dirigidas a generar crecimiento han demostrado la validez del famoso comentario de John Maynard Keynes: “A largo plazo, estaremos todos muertos”.
Para la académica británica, un balance nacional “real” tomaría en cuenta los pasivos financieros futuros, como las pensiones estatales, y también incluiría los aumentos del capital humano al elevarse los niveles de educación y conocimientos de un mayor número de personas. “
Para calcular el bienestar económico deben deducirse estas variaciones en el valor de los activos nacionales”.

Desestima el trabajo en los hogares
Una crítica de larga data a la dependencia del PIB como indicador del éxito económico es que excluye gran parte del trabajo no remunerado de los hogares. Aunque debería existir una definición aceptada de lo que forma parte de la economía y es medible y lo que no lo es, lo cierto es que lo que se incluye o no en la economía es una cuestión de criterio de los economistas.
Las investigadoras feministas siempre deploran el hecho de que el trabajo realizado en el hogar, principalmente por mujeres, literalmente no sea valorado.
En la época en la que se inventó el PIB, si bien en algunos países se incluían bienes producidos en los hogares, como los alimentos -porque en muchos casos estos se pueden comprar y vender fácilmente en el mercado-  no se incluían los servicios prestados en los hogares, como la limpieza y el cuidado de niños.
Hoy en día, más mujeres tienen un empleo remunerado, el mercado de servicios como la limpieza y el cuidado de niños ha crecido, y los hogares pueden y a menudo compran estos servicios en lugar de realizarlos, o viceversa.
Por estas razones, en la actualidad “no hay ninguna razón lógica para no considerar el trabajo realizado por los hogares como cualquier otro trabajo”, afirma Coyle.

El PIB siempre olvida la desigualdad
El año 2013 se publicó el famoso libro del economista francés Thomas Piketty, titulado “El capital en el siglo XXI”, que se enfoca en el análisis de la desigualdad de la riqueza y el ingreso. Desde entonces, y también gracias al protagonismo ganado por los movimientos populares en muchos países, las cuestiones distributivas ya no pueden seguir siendo ignoradas.
Es por ello que las deficiencias del PIB a la hora de representar la desigualdad se han hecho especialmente evidentes en los últimos tiempos. En palabras de Coyle, “la agregación de los ingresos o gastos en el PIB no tiene en cuenta las cuestiones distributivas”.
Ante esta deficiencia, economistas como Dale Jorgenson, Charles Jones o Peter Klenow han estado presentando propuestas de indicadores que buscan incorporar la distribución y otros aspectos ajenos al mercado del bienestar económico.

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Bolivia tuvo una inmejorable oportunidad de desarrollar un indicador nuevo y contribuir así en el debate de cómo superar el PIB, cuando hace pocos años propuso el “Vivir Bien”.  Sin embargo, el concepto sufre un desgaste acelerado por no haberse operativizado en nuevos estándares de desarrollo, políticas sectoriales, prácticas ambientales, ni en nuevos indicadores alternativos.
Al contrario, sin hacer mucho ruido, el pequeño reino de Bután (en la cordillera del Himalaya, sin salida al mar) lleva años basando su política y modelo de desarrollo en la Felicidad Interior Bruta (FIB), y ha logrado convertir este concepto en un indicador funcional y útil en lo práctico.
Este es, por ahora, quizá la experiencia más atrevida y avanzada en la búsqueda por un indicador más realista y útil que el PIB.

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