La economía azul

Escrito por  Adalid Contreras Baspineiro Dic 07, 2017

No podemos mirar nuestro derecho irrenunciable a una salida soberana al océano Pacífico solo con los ojos de la nostalgia. Necesitamos que nuestra justa reivindicación contenga, además, la expresión esperanzadora de un futuro con horizontes abiertos en la llamada “economía azul”, de cuyas bondades Bolivia no puede, no debe, no quiere quedar al margen.

La economía azul es el apelativo simbólico de la economía relacionada con el mar y los océanos. La cual, por su relevancia y potencialidades, es también reconocida como la economía del porvenir, considerando sus recursos renovables, o sea los organismos vivos que pueblan los mares; sus recursos no renovables depositados en el subsuelo marino; así como el turismo y las alternativas oceánicas para la preservación y regeneración del ambiente. Los océanos y mares cubren el 70% de la superficie terrestre y acogen en sus zonas de influencia a más de la mitad de la población mundial.
En un planeta extenso en carreteras, vías de ferrocarril y rutas aéreas, es significativo que el 80% del valor del comercio mundial transite por los océanos. También es importante la creciente afluencia de flotas de pasajeros con fuerte inclinación al turismo intercontinental. La industria sin chimeneas, el turismo, así como actividades recreativas y deportivas en el mar, océanos y balnearios han impulsado un desarrollo espectacular en la infraestructura, sistemas de transporte y servicios.
La pesca genera trabajo para un inmenso ejército de trabajadores artesanales e industriales, que tienen en las variedades de mariscos y de peces una fuente de alimentación y riqueza incalculables. Los océanos tienen cerca del 50% de todas las especies de la Tierra y se estima que más de 3.000 millones de personas en el mundo viven directamente de la economía marítima.
A su vez, la industria submarina de gas natural y petróleo es de suyo ya tan importante como la que se desarrolla en tierra firme, y sus potencialidades de exploración de nuevas fuentes son inmensas. Son sistemas que, al igual que la maricultura, movilizan además un cinturón extendido de servicios costa afuera, en la industria, el mercadeo, el almacenaje, el transporte, el consumo, el desarrollo científico, y otros.
Podemos ejemplificar la importancia de la economía azul acudiendo al caso chileno, donde seis de cada 10 empleos están relacionado con el mar, y más de un tercio de su PIB se origina en las zonas costeras. Y en relación a proyecciones, Colombia ha identificado que tiene 90% de la potencialidad del Atlántico y 70% del Pacífico para seguir siendo explorados.
Pero el mar no es solo fuente de recursos, su valor natural como ecosistema es inconmensurable. Los océanos almacenan calor y carbono que permiten controlar la temperatura de la superficie terrestre. También conservan nutrientes que regulan las aguas. Se utiliza la energía del oleaje y las mareas para la generación de energía; es notable la transformación del agua de mar en agua dulce; y no menos del 80% de nuestro oxígeno proviene de los océanos.
Como se sabe, producto de su situación de mediterraneidad, Bolivia limita sus posibilidades de crecimiento anual, por lo bajo, en torno al 2,5%. Los costos de transporte hasta y desde puerto son onerosos, además de irregulares, incrementan los precios por contenedores en un 31% más respecto de la media continental. Si nos beneficiáramos directamente de la economía azul, la proporcionalidad de nuevos ingresos nos pondría en una situación privilegiada para nuestros programas endógenos; así como también para jugar roles decisorios en la política internacional. El mar es factor vital para nuestro futuro.

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