Martes, 17 Septiembre 2013 00:50

La expresión inevitable de los tarijeños

Por: Patricia Ibáñez Molina
El lenguaje picante, comentarios con doble sentido y las malas palabras son en Tarija un hábito de todos los días, las tan sabidas “palabrotas” si no se las escucha, se las pronuncia o al menos se las murmura, si para muchos resultan cotidianas,  para otros ofensivas o de mal gusto, algunos las consideran divertidas ocurrencias, sin embargo el expresarse, de forma agreste, es para el chapaco una costumbre enraizada en un hábito que va más allá de las buenas o malas costumbres.

Así se evidencia con el tan propio ¡Aro, aro, aro! “Tengo las dos bolas hinchadas de tanto mirar mujeres (…) pero son las bolas de los ojos y no lo que piensan ustedes”, los bailarines se refrescan con una bebida, ante el  grito  acallado por la charola estrellándose al piso y surgen la estrofita que mientras más picante o con doble sentido,  más celebrado por los presentes.
Dicen algunas señoras que no existe nada más insultante que los versitos de descanso de la cueca, comentan algunos señores que se ponen colorados cuando ellas declaman la picante ocurrencia. “En la punta de aquel cerro viene rodando mi suegra, no la miren, no la toquen, déjenla que se haga M…”, relata una ex nuera.
Las malas palabras están a la orden del día, no distingue región ni cultura, aunque en Tarija hay una cierta tendencia notoria a proferir palabrotas, amerite o no la situación por lo que resulta interesante prestar atención a la frecuencia con la que se escuchan en la calle, trabajo, hogar y en varios ámbitos que  no distingue género, hombres, mujeres, ni edad, niños y adolescentes, todos recurren con más o menor frecuencia a los apelativos fuertes.
“En Tarija se dicen más”, cuenta una universitaria tarijeña que se encuentra en la ciudad de La Paz que estudia en la Universidad Mayor de San Andrés. “Las pronuncio con menor frecuencia porque el paceño no se expresa de la misma forma, de hecho cuando dicen una mala palabra, se disculpan inmediatamente al notar mi presencia, lo que me muy simpático porque como chapaca estoy acostumbrada a un léxico más florido”, añade.
Lo propio sucede en la ciudad de Santa Cruz,  comenta un tarijeño, docente en la universidad NUR. “Las groserías se usan con frecuencia, pero los cambas tienen más bien la doble intensión oculta en las palabras”, explica que siendo reciente su estadía el comentario de “me antojo yuca”, fue motivo de ovaciones y risas. Con los años llegó a conocer bien los modismos por lo que ya no cae en la burla colectiva.  

También son muletillas
Las expresiones enojosas que sirven para desahogar un momento de frustración y rabia, son pronunciadas con soltura sin hacer reparo en lugar o presencia de nadie.
En el centro de la ciudad, en inmediaciones de una zona escolar,  se escuchaba comentar a unas mujeres sobre la mala crianza de los estudiantes que venían profiriendo a todo pulmón ciertas groserías, hecho que  valió  críticas severas sobre la falta de buenos modales de la juventud tarijeña de hoy en día.
A poco menos de una cuadra de los reflexivos comentarios, una de ellas dejó caer su bolsa de mercado esparciendo por la calle todas sus compras,  momento angustioso que tranquilizó con una palabrota.
Emitir groserías es un fenómeno social, añadió el sociólogo Ricardo Mendoza. “Desde las sociedades más antiguas y modernas se viene utilizando las malas palabras para insultar, ofender o provocar al otro, siendo jóvenes no se usan las groserías delante de los padres pero si las usamos con los amigos o en situaciones circunstanciales, como un accidente o al sentir dolor, donde automáticamente se recurre al uso de una grosería”, comenta.
Las palabras soeces se usan para ofender, intimidar, lastimar, exagerar, expresar admiración, rabia o molestia-añadió, pero también son muletillas para exclamaciones o intensificadores, muy exitosamente usadas en los discursos, por ejemplo, ¡viva Tarija! Logra mayor énfasis de sentimiento cuando se concluye con ¡Carajo!
El fragmento de “El chapaco alzao”, que indica “váyase a la porra con sus papelejos. Qué usted,  no me saca de este valle chico”, muy sentida tonada de todos los tarijeños, demuestra esta intensión con un recurso intensificador.
Si bien “a la porra”, no representa una mala palabra hoy en día, porque estas se transforman con el tiempo, desapareciendo algunas y surgiendo otras-explica el entendido, de igual forma cumple la función de insultar de manera sutil, que podría ser más fuerte dependiendo del tono de voz que se use al decirlo.

Para insultar
Con palabras expresamos nuestro mundo interno, gusto, opinión, reflexión, análisis, sentimiento, hablando también insultamos, de forma sutil o manifiesta, pero cuando se dice malas palabras o groserías a otra persona, la intensión es por supuesto lastimar y ofender.
Una persona molesta o inoportuna con frecuencia recibe este tipo de ofenzas, a veces de forma tan inconsciente que no se repara en el significado ni las implicaciones de lo que se dice, es el caso de una madre gaucha que radica en Tarija, “soy mal hablada por cultura, pero tuve que frenar el impulso ya que mi hija comenzó a sentirse ofendida”, comenta.
Los hijos son llamados tontos, burros, mensos, sin que se repare en el daño que puede causar a la autoestima, estamos acostumbrados a esas palabras pero un niño chiquito todavía no entiende ese sentido cotidiano y puede llegar a sentirse menospreciado en su capacidad intelectual, asegura la psicóloga, Margot Zubieta.
En los insultos se pone énfasis al defecto, casi siempre intelectual de la persona, añade el sociólogo, ante esta aclaración precisamos también en el insulto comparativo “chancho”, “vaca”, “mono”, “loro”, apelativos que en ocasiones terminan en motes o apodos en Tarija y que muchos se lo toman a bien.
Uno de los insultos más fuertes es sin duda el que utiliza un fuerte apelativo a la madre, para el tarijeño la palabra resulta muy frecuente incluso como expresión exclamativa,  pero todo depende de cómo se dice, en qué momento y quién lo dice.
Adjetivar a la madre de uno tendría que ser insultante para cualquiera y muchos tarijeños agraviados responden a golpes ante tal agravio. “lamentablemente esta mala evocación a la madre es muy usada entre los hombres, además suelen ser las últimas palabras antes de iniciar la pelea”, añade el paisano que en más de una ocasión rompió la cara a golpes al atrevido que las pronuncio.

Boca con jabón
“Mami, dijo una mala palabra ¿te dijo cuál fue?”, corre el pequeño de 6 años acusando a su amiguito. A los pequeños se les enseña a no decir malas palabras, “es malo y nunca debes decirlas”, se limitan a aclarar los padres, sin embargo en el mismo entorno familiar estas se reproducen con tanta frecuencia que los niños tardan muy poco en entender que nada malo les pasará si las dicen.
La expresión amenazante: “te lavaré la boca con jabón”, era muy usada tiempo atrás para advertir a los pequeños sobre la consecuencia que tendrían  por decir malas palabras.
Resultó más que interesante encontrar el testimonio de un tarijeño que vivió esta experiencia literal que para muchos supone una llana expresión. “Mi padre tomó el cepillo de dientes, lo untó con jabón Federal y me lavó la boca”, cuenta asegurando que después de ello le quedaron pocas ganas de volver a decir palabrotas.
Puedo decir las groserías que quiera sin temor al castigo divino, asegura por su parte un veterano consultado sobre el tema, “los jóvenes se saben más palabrotas que uno que ya está viejo, pero además se importan expresiones con eso de las películas y la televisión que a cada rato saca una de esas palabras como buey, pinche y otras que a veces escucho por ahí,  cuando tenemos nuestras propias formas de hablar”, comenta además que en la última visita que le hicieron sus nietos desde Londres, lo primero que les enseño en lengua española, muy a pesar de su hija, fue a hablar como lo hacen los chapacos.

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