Del libro: “Historia de Tarija” de Edgar Ávila Echazú Capítulo XXIX El gobierno de Mariano Melgarejo y Tarija

Escrito por  Edgar Ávila Echazú Dic 03, 2017

Tarata, en Cochabamba, además de ser un hermoso pueblo típicamente virreinal, con discretos aditamentos republicanos, fue -y lo sigue siendo- el lugar donde se consumía con más fervor la chicha; una bebida de lejanísimo origen que algunos quechuas, castigados o simplemente llevados a la frontera noreste del Kollasuyu en calidad de mitayos y yanaconas, llevaron consigo y a la que tenían en tal alta estima que, con su magra dieta alimenticia, constituía el sustento de su fortaleza física y espiritual más preciado. Esta bebida tiene una vital importancia en la conformación de la personalidad de varios políticos. Tal el caso del llamado “Capitán del Siglo”, el general Mariano Melgarejo; en gran medida el paradigma del soldado cholo republicano: de gran apostura, extrovertido, de imaginación febril; de una vitalidad masculina asombrosa; fuerte como una roca; inquieto por su individualismo libertario; empeñoso, audaz, aventurero o “grosero y aguerrido”, como dijo de él don Alcides Arguedas. Hay que añadir que también fue fiel a sus cariños adolescentes y gran amante de su patria con el más colorido sentido folklórico.

Este Don Mariano nació precisamente en Tarata, en un hogar humilde del pueblo, en 1820. José Fellmann Velarde dio el apellido del padre: Valencia, un blancoide que se habría negado a darle su nombre. Recibió alguna benevolente educación de parte de uno que otro fraile del convento de San Francisco; se dice que por un obscuro favor de la familia Ballivián, origen cierto o dudoso de su admirable adhesión yanaconezca al general Ballivián y sus descendientes. Alguno de ellos, o el fraile que conoció el fantástico temperamento del adolescente Mariano apadrinaron su ingreso en el ejército. Debió tener una excelente memoria, a más de ser muy avispado, porque ni en el cuartel, o en los diversos cuarteles donde se crió y vivió hasta sus posteriores destinos en diferentes ciudades, jamás olvidó las enseñanzas recibidas en el convenio de Tarata; como no olvidó tampoco su afición al canto y a la composición de yaravíes, cuecas y romanzas; y para esto último no hay duda que tuvo que aprender algo de música y de versificación. Con ese bagaje, y no se debe descartar ciertas lecturas, el Melgarejo “ignorante y absolutamente desposeído de toda cultura intelectual”, según Arguedas, sí logró poseer ciertos barnices culturales que acomodó y desarrolló con su nada común intuición. Desde luego que no leía ni a Shakespeare ni a Víctor Hugo, ni a Platón o a Andrés Bello. Pero no sería raro que conociera el Quijote.
Todo esto viene a cuento de la afirmación de José Fellmann Velarde: “No fue, en honor a la verdad, el monstruo ignorante que, según ha pasado a la historia, surge de la nada, siembra la destrucción y vuelve a la nada otra vez”. “Existían testimonios, dignos de crédito, que lo describen afable cuando quería serlo, y cartas de su puño y letra, redactadas sensatamente y con menos errores gramaticales que las de muchos doctores que eran sus contemporáneos. En la otra cara de la medalla, sin embargo, era irresponsable, caprichoso y cuando lo ganaba la ira o lo dominaba la bebida (¡la dichosa Chicha!, agreguemos nosotros), cosa frecuente, se convertía en un ser primitivo, brutal. Sin otra ley que sus instintos. Tal caracterización vale también para otras personalidades de nuestra historia, que no se educaron en los cuarteles. Velarde añade que Melgarejo tenía “una pésima opinión de la humanidad en general”. ¡Qué excelente artista o escritor testimonial pudo haber sido si hubiese accedido a superiores grados del conocimiento cultural! En consecuencia, con esa opinión suya, el mismo Velarde dice que “las masas, para él, constituían sujetos de dominio y no objetos de odio”. Y si fue así, hacía honor a la regla de Oro de la práctica política.
Lo cierto es que ya en 1841, en su calidad de sargento, se sublevó en la frontera del Perú por la causa de José Ballivián. Y siguió con gran bravura en Ingavi. En 1838, como hemos indicado, estuvo en Montenegro; por lo tanto, estuvo destinado en Tarija antes de ser sargento. El presidente Ballivián, lo destinó preferentemente a lugares alejados, conociendo sus tendencias. En nuestra Villa, donde regresó luego de Ingavi, se distinguió por su gentileza y sus arrestos de varón enamoradizo. Gran serenatero y bien parecido, conquistó a una señorita Rojas y se la llevó a La Paz. No sabemos si ella era pariente de la famosa Manuela Rojas, amante del Mariscal Sucre y de Casimiro Olañeta.
Más tarde, después de haber andado a lo largo y ancho de Bolivia, y de intervenir en un golpe contra Belzu, al que odiaba y, de seguro, en el fondo, admiraba, habiendo sido condenado a muerte y perdonado por el Tata, todo por su amor al general Ballivián, en 1857, y quizá antes, se vuelve ardiente partidario de Linares; y en las postrimerías del gobierno del Dictador se declara su enemigo, y como coronel colabora al presidente Achá. AI igual que con la familia Ballivián, el oficial Melgarejo estuvo íntimamente unido con la del general José María de Achá. Más que como paisano suyo, fue poco menos que adoptado por doña Gertrudis Antezana, esposa de Achá. Antes de que ella muriera, hubieron desinteligencias notorias entre Melgarejo y Achá, por los rumores de una relación amorosa del primero con la Antezana, quien falleció en agosto de 1864. El presidente destinó a Melgarejo a Santa Cruz perentoriamente; pero éste dio largas a su posesión de Comandante de la Plaza. Esos sucesos fueron contemporáneos con la convocatoria a elecciones, para las cuales Achá había apadrinado al general Sebastián Agreda, con el consiguiente resentimiento de Melgarejo.
Sin embargo, Melgarejo decidió apoyar al general Agreda (Nota: Arguedas dice de Sebastián Agreda que “era, físicamente, un hombrecito de talla diminuta, bien conformado, esbelto dentro de su pequeñez, muy moreno, de bigote cano y corto...Hombre rudo y de un coraje temerario”, como lo demostrara en Montenegro.) Seguramente ante el temor de la candidatura de Belzu. Noticia ésa que despertó otra vez la pasión popular y las esperanzas de sus nunca desmentidos partidarios. A esas candidaturas se añadió la del general Adolfo Ballivián, niño mimado de los “rojos” Linaristas. Ballivián había realizado una eficaz campaña a través de su correspondencia con sus amigos de todo el país: militares, funcionarios civiles, terratenientes e industriales mineros. Ellos, con ese apoyo, instrumentaron un real complot subversivo que fue descubierto por el gobierno (a pesar de la desidia que venía demostrando Achá, sus colaboradores no eran ni ingenuos ni faltos de perspicacia). Se tomó preso al coronel Eliodoro Camacho y a Lisando Peñarrieta. “Un capitán Ávila, en inteligencia con los sindicatos y miedoso por la situación de sus amigos, y de su propia persona, no vio más recurso de salvación que comunicar todo el plan a Melgarejo, quien sublevó a un regimiento en la mañana del 28 de diciembre y, con su ayuda, pudo apoderarse de las tropas de guarnición”, acota Arguedas. Lo demás es bastante conocido.

LA TOMA DEL PODER
Mariano Melgarejo pues, defenestró al general Achá, permitiéndole, pero, que se exiliara. Muchos de sus allegados, sobre todo militares, optaron por servir al nuevo caudillo; que desde Cochabamba, iba a protagonizar uno de los episodios más cruentos de nuestra historia. El cual, aún hoy, no está lo suficientemente esclarecido, en parte porque quienes lo relataron de segunda mano, con su carga de fantasía y de odio, y, por otra, que los que sí fueron testigos tal vez a sabiendas o por obscuros intereses políticos, lo desfiguraron o encubrieron en esa nebulosa testimonial “los latifundistas” y los constitucionalistas rojos, quienes primeramente “habían empujado a Melgaren> con la esperanza de que les sacara las castañas del fuego y facilitara un gobierno, el de Adolfo Ballivián de tipo aristocratista extremo, exclusivo y personal, como los de José Ballivián y de Linares”.
Lo evidente es que Melgarejo se hizo llamar desde entonces “El vencedor de Diciembre”. Nombró, como primera medida gubernamental, secretario suyo a Mariano Donato Muñoz. Este abogado no gozaba, ni de lejos, de la estima de sus colegas, ni menos de los rojos y demás políticos a los que Melgarejo dio la estocada. Muñoz nació en Sucre, en 1823. Estudió en su famoso Seminario; una institución que podía vanagloriarse de haber preparado a clérigos y profesionales, unos de límpida trayectoria, otros ya no tanto. Luego se graduó en la Universidad de San Francisco Javier. Fue profesor en varios colegios y Censor de la Academia de Práctica Forense. En 1848 trabajó en el parlamento como primer Redactor de las Actas Congresales. Un año después desempeñó el cargo Oficial Mayor de Instrucción Pública, y en 1861 fue Auditor de Guerra, y Prefecto de Tarija, suponemos que en 1862; aunque se sabe que estuvo en la Villa en 1850. Ejerció el cargo de Prefecto también en Oruro y Cochabamba; gozaba, en consecuencia, de la confianza de Achá y, desde luego, de la de Melgarejo. Pero, anteriormente, en los congresos de 1855 y 1857, fue senador. En 1858 estuvo desterrado en el Perú, obviamente por orden de Linares, y no obstante, regresó el mismo año para servirlo. Durante el gobierno de Melgarejo, además de Secretario de la Presidencia, se desempeñó como Ministro de Relaciones Exteriores y de Gobierno, a más de Presidente del Consejo de Estado. En 1879, estaba en Moliendo, como agente aduanero. Terminó su vida en el modesto cargo de Director de Correos, gracias a don Aniceto Arce. Murió en 1894. Esos últimos cargos de don Mariano Donato Muñoz demuestran o bien que no fue deshonesto en el ejercicio de poner o que acaso había despilfarrado los supuestos regalos y prebendas de su amigo el “Capitán del Siglo”. Un caso patético y estrafalario el de su existencia.
Ahora bien, Melgarejo toma Cochabamba y se apodera del poder, el 28 de diciembre de 1864. Y recién en marzo del año siguiente se encamina a La Paz a desbaratar la sublevación instigada por Lucas Mendoza de la Tapia; quien, como Presidente del Consejo de Estado de Achá, creía ser el legítimo sucesor del gobernante que ya ni siquiera de nombre lo era. Pero esa bravuconada legalista muy poco cuidado le suscitaría a Melgarejo. A lo largo de su gobierno demostró un desprecio total por esas, para él, ridículas actitudes democráticas. Lo que sí le preocupó, en esos días, de reales “idus de marzo”, es saber que el Tata Belzu, que hacía unos meses había llegado de Europa al Perú, se acercaba con el olor del incienso popular a La Paz.
En esta instancia entra a la escena política, o mejor dicho, al juego de opereta de ese tiempo, un paisano nuestro que, después, tendría una participación descollante en la historia boliviana de los últimos años del siglo XIX. Se traía del general Narciso Campero. Don Narciso fue hijo de don Felipe Campero, posiblemente, a su vez, hijo natural del III marqués de Tojo y Yavi (se llamaba y apellidaba Juan José Manuel Genaro Fernández Campero Martiarena, este III marqués); por lo tanto era hermanastro del IV Marqués, el famoso coronel que apoyara la causa emancipadora, el padre de Fernando, de quien ya nos hemos ocupado antes. Este Felipe, nacido en 1763, y fallecido en Tojo, en 1828, “fue padre natural, en Florencia Leyes, de Narciso Campero”, según el genealogista argentino, don Isidoro Quesada. Narciso nació, en Tojo, el 28 de octubre de 1813. Al igual que su hermanastro Fernando, tenía una innata vivacidad y la cabeza caliente. La hermana de don Felipe, doña Calixta, fue madre de la famosa literata tarijeña, doña Lindaura Anzoátegui, con quien casó Narciso, a pesar de ser su media sobrina. (Y a esta altura nuestra relación de los parentescos de los dichos Campero, viene a ser semejante a la de los Buendía garcíamarqueanos).
En suma, el IV marqués, recogió en su hogar al niño Narciso, que vivió en Tojo hasta 1825. Año en que lo llevan a Chuquisaca. Allí estudió leyes, y, a poco, ingresa al ejército. En 1838, participó en la campaña de Montenegro. Pero, poco antes, se sabe que estuvo en las campañas crucistas, y que gozó del aprecio del Mariscal Andrés de Santa Cruz, seguramente porque éste conoció a su tío y sabía de los antecedentes ilustres de toda su familia. En esas lides tuvo como compañero de armas a otro aristócrata: José Ballivián, y, desde luego, también a Manuel Isidoro Belzu; y lo fueron asimismo sus paisanos Celedonio Ávila, Camilo Moreno de Peralta, Sebastián Estenssoro y el uruguayo- tarijeño Timoteo Raña. Luego, combatió con honores en Ingavi. Por todos esos antecedentes estuvo en el entorno palaciego del general Ballivián; y como allegado a éste también debió enterarse de las desdichas del hogar de Belzu. En ese ambiente, y debido a algunos lazos familiares, hizo amistad con la mayoría de los emigrados argentinos.
Ballivián nombró secretario de la Legación Boliviana en España a Narciso Campero, cuyo Ministro era José María Linares. Después se trasladó a Francia, donde estuvo un tiempo en la Academia Militar de Saint-Cyr. Como buen alumno de esa institución, fue invitado como observador, imaginamos, de la campaña de invasión del ejército francés a Argelia y Marruecos. Cuando regresó a su patria, se alejó del ejército mientras duraron los gobiernos de Belzu y Córdova; y en ese lapso de tiempo se dedicó a negocios mineros, posiblemente a instancias de su pariente Gregorio Pacheco. El Dictador Linares lo reincorporó al servicio de las armas, como comandante del Batallón “Sucre”, encomendándole la organización de un comando de ingenieros y de la infantería. Luego, como Prefecto de Potosí, fue apresado por algunos sediciosos belcistas; ocasión en la que tuvo que sufrir un simulacro de fusilamiento; y, como si no fuera poco, lo torturaron, sin que lo doblegaran. A la caída de Linares, retomó a su hacienda de “El Salvador”.
No conocemos las exactas razones de un posterior viaje de Campero a Europa; seguramente sería debido a sus negocios mineros. A su regreso, en marzo de 1865, en el barco se encontró con un pasajero bien conocido: el mismo Tata Belzu. El general Campero escribió más tarde una especie de memoria de ese episodio de los servicios que tratan de la toma del poder por parte de Melgarejo, y la muerte, o asesinato de Belzu. (Nota: El escrito de don Narciso se intitulaba “Recuerdos del regreso de Europa a Bolivia”, y fue editado en París, en 1874). De acuerdo con esos escritos, dice que llamó la atención una inequívoca transformación espiritual operada en el viejo caudillo que, sin embargo, convivía con su antigua animosidad acomplejada contra los políticos de su época. En cuanto a la primera, se trataba de una superación cultural que, sin duda, la demostraría sin gran alarde ante Campero; aunque éste no la menciona. El historiador Alberto Gutiérrez, afirma que Belzu, en su estadía de diez años por varios países de América y Europa “sintió la necesidad de instruirse, de conocer la historia del mundo y de colocarse al nivel de los estadistas que había tratado en sus excursiones de uno y otro continente. Es notorio que adquirió una lujosa biblioteca, formada con obras de los clásicos y de los literatos más afamados de la nueva escuela” (Nota: Don Alberto Crespo, en su excelente estudio “Los exiliados bolivianos -Siglo XIX”, piensa que muchos de los libros, y sobre todo una colección de la “Revista de Dos Mundos”, en la que colaboraron literatos, filósofos y científicos del post-romanticismo francés, pertenecieron en su origen a Belzu. La mayoría de esos ejemplares pudo ser encargada por el Tata durante su gobierno y, otros, los adquiriría en Europa. ¿Llegarían en su equipaje, cuando desembarcó en Tacna, a comienzos de marzo de 1865?).
Preocupado o no por el arribo de Belzu a Bolivia, Narciso Campero dudó de los nuevos méritos suyos. Voló a La Paz y allí se enteró que los rojos linaristas y sus compadres mineros habían decidido elegir al tarateño, dado el peligro que supuestamente representaba Belzu si entraba a Bolivia. Con este pensamiento alcanzó a Melgarejo en Caracollo, el 23 de marzo, y se pone a su servicio. El caudillo lo nombró de inmediato Ayudante General del Estado Mayor del ejército que ya pisaba los talones de Belzu, pero el Tata el día anterior había entrado a la ciudad, siendo recibido con el entusiasmo fervoroso de los paceños que, en andas, lo condujeron al Palacio de Gobierno.
Melgarejo bajó desde El Alto, el 24. Sus tropas estaban armadas con las nuevas carabinas “Springfield”; y, al igual que su jefe, ya bastante bebidos; por lo tanto nada podría detenerlos. Pero no contaron con la idéntica fiereza de los pobladores de La Paz y de algunos oficiales adictos al Tata, los que construyeron barricadas y se apostaron en todos los balcones de la ciudad a esperar al “Héroe de Diciembre”. El combate comenzó en la mañana y al atardecer los corajudos soldados de Melgarejo quisieron retirarse. Pero éste representó un acto digno de un general romano: amenazó con suicidarse si no lo seguían. Mientras tanto reinaba una irrefrenable algarabía de todos los que creyeron haber vencido a sus tropas. Los que acompañaron a Melgarejo lo hicieron por entre la multitud, sin duda azorados. En tal confusión Melgarejo aprovechó tal euforia y entró al Palacio de Gobierno por una puerta que no era muy usada. Subió las gradas del hall, seguido por Campero y otros oficiales y precedido por unos coraceros. Un civil intentó detenerlos, y uno de los coraceros lo abatió de un tiro de su carabina. Al oír ese disparo y el consecuente barullo Belzu y sus acompañantes se asomaron a las gradas. Belzu vio a Melgarejo y Campero, y no dudó, al parecer, que venían a entregarse. Con un gesto muy suyo, abrió los brazos para recibirlos, y entonces sólo vio un fogonazo y escuchó el disparo de la bala que lo tumbó ya moribundo en uno de los peldaños. Campero, tomó uno de los brazos de Melgarejo y con él a rastras huyó por la misma puerta por donde habían ingresado al Palacio. Y es en ese trance que el tembloroso “Héroe de Diciembre” habría dicho la tan mentada frase (que algunos quieren hacerle pronunciar en los balcones del Palacio de Gobierno ante la multitud): “Con que Viva Belzu, ¿no? ¡Belzu ha muerto! ¡Veremos quién vive ahora!”.
Campero siempre afirmó que no fue Melgarejo quien disparó a Belzu, sino uno de sus fusileros; aserto suyo que dio pie a otras opiniones que la historia no aclaró jamás. El entierro del Tata Belzu congregó a todos los paceños; excepto a los hombres de Melgarejo que, con él a la cabeza, retornaron al Palacio de Gobierno para no abandonarlo durante seis años.

TARIJA Y MELGAREJO.
Melgarejo fue colaborado inmediatamente por el antedicho Mariano Donato Muñoz, Jorge Oblitas, que también estuvo con Achá; José Rosendo Gutiérrez, el poeta Ricardo José Bustamante, el historiador José Domingo Cortés, Aurelio Sánchez, cuñado y también yerno suyo; y único caso en la historia nuestra ¡por el Ministro Plenipotenciario de Chile!, Aniceto Vergara Albano. Todos los historiadores bolivianos dicen que Vergara Albano fue, en efecto. Ministro de Hacienda, pero Herbert S. Klein, rectifica este aserto: el chileno habría declinado el nombramiento de Melgarejo y, en cambio, sí aceptó ser su Representante Financiero en Santiago. Pero como tal y dada la amistad que los uniera al “Capitán del Siglo” y al diplomático chileno, ella no fue muy benéfica para nuestro país. El secretario de Vergara Albano, Carlos Walker Martínez, escribió unas memorias sobre el periodo gubernamental de Melgarejo y sobre otros aspectos de Bolivia que todavía constituyen un testimonio fiable. Vergara Albano jugó en el entorno del presidente Melgarejo un triste papel, lindante con el de un payaso en las constantes orgías celebradas en el Palacio de Gobierno; aunque es lícito dudar ahora que ellas hubiesen sido tantas y al menor pretexto, como dijeron Alcides Arguedas y otros investigadores de su escuela.
En mayo de 1865, Melgarejo salió de gira por todo el país, con el ánimo de enterarse de las necesidades regionales; pero, en el fondo, en son de conseguir mayor gloria personal. No acababa de alejarse de La Paz, cuando los periodistas Alejo y Cirilo Barragán, en connivencia con Evaristo Valle y el coronel Casto Arguedas, dirigieron una revuelta popular. Todos ellos eran belcistas, aunque Arguedas fuera por un tiempo enemigo del Tata. Y lo mismo sucedió en Oruro, una vez que Melgarejo dejó la ciudad para encaminarse a Potosí. Los disidentes orureños no las tenían todas consigo, y concluyeron uniéndose a los paceños. Adolfo Ballivián ofreció su colaboración a Arguedas, pero éste no la aceptó. El 27 del mismo mes, se alzó también Potosí; y cuando Melgarejo llegó allí se enteró de otro motín en Oruro, esta vez dirigido por Francisco Velasco y un Dr. Vásquez, al que se adhirió otro movimiento en Cochabamba. Melgarejo envió a un cuñado suyo, el coronel Rojas, y los pobladores del Valle lo rechazaron. Entretanto los conjurados de La Paz debilitaron su unión con inútiles desinteligencias y rencillas localistas, a pesar de haber sido nombrado Arguedas “Jefe Superior de la República” -un título absurdo en tales circunstancias. Eso ocurrió el 9 de julio. En el sur se produjeron otros pronunciamientos, bajo la conducción de Ildefonso Sanjinés y José María Santivañez; y como si fuera poco, en Cobija Ladislao Cabrera dirigió otra insurrección.
El mismo 9 de julio, mediante un comicio popular, el Cabildo Abierto declaró: “Que el gobierno dictatorial de diciembre, emanado de un motín de cuartel, ha destruido todos los elementos del orden social de la República”. Y que “desde este momento desconoce ese gobierno irrisorio”. Una calificación que debió sacarle roncha al asediado Melgarejo. Los tarijeños eligieron Prefecto al general Celedonio Ávila y Comandante de la Plaza a José Hilarión del Carpió. El anterior Prefecto, Fernando Campero, con su característica inestabilidad, sabedor de la pronta aproximación de una columna del ejército de Melgarejo, huyó a la Angostura, una de sus haciendas, y, luego, a la Argentina. La columna era más que eso. Se trataba de una división al mando del general José Manuel Ravelo, y encontró a la Villa llena de barricadas. La más combativa, y que resistió a los soldados de Ravelo con admirable audacia, estuvo defendida por alumnos del Colegio Nacional San Luís. Después de un fiero combate, el general Ávila y sus escasas tropas se retiraron a Santa Ana, perseguidas por las que mandaba el veterano Ravelo.
A don Celedonio no le quedó hacer sino lo que hizo antes Fernando Campero: se exilió en la Argentina; esto es, en Yavi. Y allí por un tiempo vivió en la miseria más degradante. Y todo por el recelo y el encono de Melgarejo, A tal extremo llegó la pobreza de don Celedonio, semejante a la de su esposa en Tarija, que su sobrino, don Bernardo Trigo, hijo del general, acudió a Donato Muñoz, a quien conociera en Cobija. El secretario de Melgarejo intercedió por el viejo general, y el mismo Melgarejo instruyó a la prefectura de Tarija se levantara el exilio, aceptando la garantía de Trigo y el compromiso de Ávila para no inmiscuirse en la política. El oficio de Melgarejo estaba fechado el 25 de mayo de 1867. Cuando Don Celedonio regresó a Tarija se recluyó en su propiedad de Santa Ana durante todo el tiempo que gobernó Melgarejo.
Volvamos a 1865. El general Melgarejo, desde Potosí, llevó a sus más que bravos soldados a Cochabamba. Encontró a la ciudad desierta, y retornó a marchas forzadas a la Villa Imperial, ya convertida en el bastión más fuerte de la insurrección. En esa circunstancia, Mariano Baptista, al frente de los rebeldes del sur, entró en Potosí para reforzar a la población en armas, qué contó casi de inmediato con otros contingentes del general Achá, Sebastián Agreda y Adolfo Ballivián. Baptista persuadió a los discordantes Sanjinés y Flores para que dejaran sus rencillas y contribuyeran a la defensa de la ciudad. Fue entonces que Melgarejo, con una saña inaudita, luego de tomar la Villa Imperial, batió a sus opositores en la Cantería, el 20 de agosto de 1865. Famosa batalla esa a la que siguió un salvaje saqueo y las más bárbaras tropelías de los soldados y oficiales melgarejistas. El “Capitán del Siglo”, que así comenzó a ser denominado, ebrio e iracundo como nunca, asesinó al poeta Néstor Galindo, hijo de una de las damas cochabambinas que intercediera ante Belzu para que no fusilara al entonces rebelde Melgarejo.

Después de esas atrocidades. Melgarejo con sus ministros permaneció tres meses en Potosí, decretando ominosas exacciones a la población para aprovisionar a sus soldados.
En ese interregno, el 25 de septiembre, en la ciudad francesa de Nantes, falleció Andrés de Santa Cruz Calahumana, a los 73 años. Sus últimos años de su vida los dedicó al servicio de su país como diplomático, especialmente en Francia y la Santa Sede. Enterado de la toma de Mejillones por Chile, en 1863, no se cansó de aconsejar a los bolivianos con sabias medidas para enfrentar ese grave problema; entre ellas insistió en la necesidad de comprar buques de guerra, aunque no estuvo de acuerdo con los términos del fracasado empréstito gestionado por don José Avelino Aramayo. No tenemos noticias cómo reaccionaría Melgarejo y su gabinete cuando supieron esa lamentable muerte, que seguramente conocerían antes de retirarse de Potosí. Pero en Tarija, una vez anoticiados de ella, todos sus pobladores debieron sentirse muy conmovidos dado el respeto y el cariño que se seguía guardando al Mariscal Santa Cruz.
Mientras Melgarejo preparaba su campaña punitiva contra La Paz, en la ciudad los desacuerdos y rencillas de los insurgentes llegaron a tal extremo que el coronel Arguedas ordenó la confinación de Alejo Barragán, del cual recelaban los ballivianistas. Ante el calor de las protestas, Arguedas marchó con sus tropas a Oruro, y enfrentó a Melgarejo en Letanías. Melgarejo lo venció fácilmente, con su invencible infantería y el empuje de su caballería. El prudente Achá prefiguró la derrota y prefirió eludirla. Ballivián y Baptista emigraron casi de inmediato a Europa; el segundo se fue como delegado de los negocios de Aramayo. Aniceto Arce, que no se había comprometido en aquellos desgraciados sucesos, dedicó todo su tiempo exclusivamente a la organización de la empresa minera de Huanchaca. La Paz, vencidos sus desunidos defensores en Letanías, se rindió incondicionalmente a Melgarejo, que entró en ella con el orgullo incontrastable de haber merecido recién el título de El Capitán del Siglo.

MELGAREJO Y LOS EMPRESARIOS MINEROS.
Hoy se sabe que el gobierno de Mariano Melgarejo fue uno de los más favorables para el desarrollo de la minería nacional. Por eso tuvo el apoyo -no muy ostensible, es cierto-, de la que ya se denomina “oligarquía” minera; la cual, en buenas cuentas, antes de relacionarse con los capitales extranjeros, se sustentaba de la oligarquía terrateniente que desde entonces se colocó a la zaga de los empresarios industriales, dada su mentalidad ancestral retrógrada. Y así se explican también varias de las medidas de la gestión de Melgarejo, mejor dicho, de sus ministros. Sobre todo la arremetida contra el inmovilismo del agro altiplánico y de los valles nororientales.
El gran despegue de la minería boliviana se vio favorecido por la incorporación de las inversiones de capitales ingleses y norteamericanos en las empresas chilenas y peruanas y en menor medida en la minería boliviana, durante la década de 1864 a 1874. Esos capitales y la sagacidad de los industriales chilenos, hicieron que florecieran las exportaciones a través de los puertos del Pacífico sur: del guano, el salitre y de la plata de Caracoles. Hay que remarcar que, si bien Atacama, con el puerto de Mejillones, pertenecía indiscutiblemente a Bolivia, y en esa región había algunas limitadas empresas explotadoras del salitre y del guano, éstas ni de lejos podían compararse y, menos competir con las chilenas y peruanas. De ahí que es más que meritoria la tarea de los Aramayo, Pacheco y Arce dentro de los áridos límites de la explotación minera en las zonas altiplánicas y sus periferias del sur. Trabajos esos de los que nos ocuparemos más adelante.
Herbert S. Klein aclara algo poco explicitado por nuestros investigadores, al menos aquellos de las cinco primeras décadas del presente siglo, El interés de los invasores en la explotación minera, venía de perlas a la crónica indigencia de las arcas fiscales bolivianas. Y en lo que se refiere a las “entregas” del territorio nacional por parte de Melgarejo, que más bien debía achacarse a sus más sabidos ministros, y no así como se dijo, a la influencia de la oligarquía minera; sobre tales pignoraciones de nuestro territorio, el economista e historiador norteamericano dice; “Los historiadores y escritores bolivianos han condenado con razón al gobierno de Melgarejo por haber vendido sistemáticamente el país al mejor postor; pero cabe dudar si otros regímenes habrían sabido resistir tales requiebros (alude a las propuestas inversoras de capital), con un fisco que llevaba unos cincuenta años de estancamiento (lo cual nos parece excesivo, porque con la administración de Santa Cruz no fue del todo así) y con una oficialidad insaciable en su afán de poder”. Klein nos afirma asimismo de una verdad insoslayable: “Se pude dudar seriamente acerca de si la nueva élite minera se preocupó lo más mínimo por las gigantescas concesiones hechas a los capitalistas extranjeros o por otros aspectos de la política gubernamental que, en su esencia, acabaron con todos los intentos anteriores de lograr un control mercantilista, bien por lo que se refiere a la industria minera, bien a la protección de las industrias nacionales”. En cuanto a lo primero, se debe recordar algunas gestiones patrióticas de ciertas personalidades que, en la prensa y en el Parlamento, sí llamaron la atención, criticaron y se opusieron a esas “gigantescas concesiones”. Y, en lo segundo, ello obedeció precisamente a la mentada avidez de poder de los áulicos de Melgarejo y a los desaciertos de sus colaboradores.
Algo más sobre las ventas depredadoras del territorio nacional llevadas a cabo por el gobierno de Melgarejo. Y se trata nada más que de una necesaria rectificación, debida al acucioso periodista Ramiro Prudencio Lizón, dado a conocer en un escueto artículo: “El mito de las pérdidas territoriales de Bolivia” que hasta hoy, creo, no ha sido enmendado. Prudencio Lizón arremete contra nuestro apego acrítico a “inventados mitos”, “lamentablemente imbuidos de un sentimiento negativo que afecta hasta hoy a todo nacido en este suelo”. Entre esos mitos está “la convicción de que Bolivia ha perdido por la culpa de sus cinco vecinos una superficie territorial superior a la que actualmente tiene”. De esas pérdidas aquí nos interesa la que fue a parar a Chile: “Se dice, en primer lugar, que Chile nos habría arrebatado unos 12.000 kms2. Esta suposición descansaría en los derechos teóricos que Bolivia había poseído en el Litoral hasta el río Salado (27° de latitud sur). Pero pocas veces se menciona que Chile aducía tener derechos hasta el paralelo 23°. Además esos títulos nacionales no tenían tan sólidos fundamentos, ya que posteriormente se situó el límite en el río Paposo (paralelo 25,5°). Lo evidente es que el territorio que perteneció a Bolivia en el Litoral estaba regulado por el tratado de 1866 (firmado por Melgarejo), ratificado por el de l874 (firmado por Frías) que fijaba la frontera en el paralelo 24°. Por lo tanto, el territorio perdido no fue de una dimensión de 158.000Kms2 (hasta el río Salado) o de 120.000Kms2 (Hasta el Paposo), sino de 80.000Kms2 (territorio comprendido entre el paralelo 24 hasta el 21.5).
Esta aclaración, desde luego, no exime a Melgarejo ni a sus ministros de su ineptitud negociadora, ni menos de su impavidez; por más que, según lo expresado por Klein, era muy difícil resistir a los dineros que pagaron tales concesiones. Queda claro, además, que ellos utilizaban no tan sólo la ignorancia en esas materias de Melgarejo, sino que lo manejaban a su antojo, dejándole eso sí que se regodeara con sus bravuconadas alcohólicas que solamente atemorizaban a sus oficiales y a sus idealistas opositores.
Prudencio Lizón afirma lo ya escrito por nosotros, y por los historiadores argentinos, cuando rebate la opinión de ciertos ignorantes: que la Argentina nos arrebató la puna de Atacama y parte del Chaco central; olvidando que el “el departamento de Tarija, junto con el Chaco central, no pertenecía a Bolivia en 1825”. Y desecha que “nuestro país tuvo que ceder la puna de Atacama a la República Argentina (según el Tratado de 1889) con el fin de reconocer definitivamente el dominio boliviano sobre Tarija”. Haciendo un recuento entre lo cedido (puna de Atacama, 30.000 kms2) y lo obtenido (Tarija, 37.000 kms2), se puede afirmar que Bolivia logró un “superávit” (si es que es permisible este término económico) de más de 7.000 kms2”. Repetimos que no conocemos ningún escrito que haya rebatido las conclusiones de Prudencio Lizón; y quien desee analizarlas con el rigor historiográfico necesario, debe estudiar todos los tratados internacionales que haya firmado Bolivia.
En 1866 los ministros de Melgarejo le convencieron de las supuestas bondades de un Tratado a firmarse con el gobierno chileno. Nuestros historiadores dicen que ese convencimiento se debió a las artes amistosas de su apreciado ex-ministro, el chileno Vergara Albano. Dicho convenio solucionaba el anterior contencioso habido a raíz de la toma de Mejillones por los chilenos. Pero implicaba conceder a Chile todo el territorio que se encontraba debajo del paralelo 24. A propósito de ese verdadero tejemaneje, Roberto Querejazo Calvo trae a colación otra artimaña de los chilenos: “Vergara Albano, sin duda alguna obedeciendo instrucciones de su gobierno, no tuvo escrúpulos en proponer que Chile y Bolivia se aliasen en una campaña bélica contra el Perú para arrebatarle sus territorios de Tarapacá, Tacna y Arica, para que Tarapacá quedase como propiedad chilena y Tacna y Arica como propiedad boliviana”. Y lo anota basándose en una declaración de Donato Muñoz, carta mediante al representante nuestro en Lima, Zoilo Flores. A todo eso, vino a inmiscuirse un tal barón francés Arnous de la Riviere, que decía ser representante de otro compatriota que ofreció 250.000 pesos oro “por un millón y medio de toneladas de guano de Mejillones”. Como la propiedad del mismo era discutida entre Chile y Bolivia, proponía dar a cada país una mitad de esa suma”. Querejazo acota que dicha proposición fue aceptada por las dos naciones. Lo cierto es que ella, la propuesta, “sirvió de pauta para la resolución del problema limítrofe. Verguía Albano propuso que si Chile se consideraba dueño de territorio atacameño hasta el grado 23 y Bolivia hacía lo propio hasta el grado 25, ¿por qué no transar y fijar la frontera entre las dos repúblicas en el medio, en el grado 27?. Ahora bien, como el guano de Mejillones estaba entre los grados 23 al 24, o sea, en el territorio que sería boliviano, ¿por qué no convenir en que el rendimiento económico de la explotación de ese guano y minerales que se descubriese en él se dividiese en partes iguales entre Bolivia y Chile? Igualmente, el rendimiento de la explotación de guano y minerales que se descubran en el territorio chileno de los grados 24 al 25 también se dividiría entre ambas repúblicas”.
Tan grata sería esa solución que, el 10 de agosto de 1866, se firmó el correspondiente tratado, con estas “cláusulas principales: 1° La línea de demarcación de los límites de Bolivia y Chile en el desierto de Atacama será el paralelo 24 de latitud meridional. 2° La República de Bolivia y la República de Chile se repartirán por mitad los productos provenientes de la explotación de los depósitos de guano descubiertos en el territorio comprendido entre los paralelos 23 y 25 de latitud meridional, como también los derechos de exportación que se perciban sobre los minerales extraídos del mismo espacio de territorio. 3o serán libres de todo derecho de importación los productos naturales de Chile que se introduzcan por el puerto de Mejillones”. Imaginemos la felicidad y el consiguiente jolgorio de Melgarejo y de sus avezados ministros con tan magnífico convenio. Querejazu Calvo dice “El presidente Melgarejo dijo que establecía una vinculación tan estrecha entre esos países que, en el futuro, iban a vivir como dos hermanos que comparten de un mismo pan”. Y no dudamos que así lo creía el buenazo Capitán del Siglo. Y concluye: “El Tratado de Límites con Chile de 1866 fue aceptado con el beneplácito de Bolivia porque, aunque significaba renuncia a una mitad de los ingresos fiscales que generaba el guano de Mejillones, obligó a Chile a retirar su ocupación de ese lugar, retrocediendo del paralelo del grado 23 al paralelo 24”.
Digamos, de pasada, que detrás de ese acuerdo estaba el capitalista yanqui Armand Meiggs y el coronel George Church, estrechamente relacionados con la casa inglesa Gibbs y la chilena Concha y Toro. Meiggs y Church obtuvieron concesiones más que favorables y prometieron poco menos que los tesoros de las mil y una noches; así, construir vías férreas, organización de empresas de navegación en el Beni y campañas de colonización. Desde luego que nada de eso cumplieron, pues ellos como otros muchos capitalistas de la época nunca fueron gentiles benefactores de países infradesarrollados como el nuestro. Otros, sin embargo, por angas o mangas, sí trajeron tecnologías avanzadas y capitales que, en manos de los Arce, Pacheco y Aramayo, contribuyeron al efectivo progreso nuestro, o, al menos, abrieron las sendas para que Bolivia ingresara a la civilización decimonónica. El gobierno de Melgarejo, como continuó sucediendo con todos los subsiguientes, se encontró con algunos recursos para cancelar sus deudas internas, y nada más. O, mejor dicho, se enmarañó en la tela de araña de las concesiones obligadas que abrían hoyos sólo rellenados con empréstitos propios del espíritu piratesco de la mayoría de esas empresas.
Klein anota que no se permitió entonces “la entrada de empresarios extranjeros a la industria minera altiplánica”, la que permaneció “reservada” a los inversionistas extranjeros bolivianos. Tal vez fue una medida de corte proteccionista y algo patriótica. Pero, como se ha dicho, los mineros por su cuenta consiguieron capitales y tecnología que aprovecharon bien, y no como lo hacía el Estado. Tan bien que, aunque sea en modestas medidas, las relaciones comerciales entre las zonas mineras suyas y el sur de la República no sólo mejoraron sino que proporcionaron varios cambios sociales y económicos, y hasta culturales, en Tarija.
El mismo investigador también apunta lo siguiente. Un año antes de firmado el Tratado con Chile, esto es, en 1865, firmó otro con el Perú, por el cual se obtuvo “Uso libre del puerto de Arica” y el cobro “de impuestos peruanos en Cobija, recibiendo a cambio un cánon fijo de 450.000 pesos anuales de las aduanas de Arica y Tacna”; lo cual abrió “las puertas a las manufacturas peruanas sin restricción alguna”. Seguidamente, vinieron los desastrosos convenios con el Brasil, en 1868. Y, el mismo año, con la Argentina (julio de 1868) que consignaba acuerdos de comercio y navegación con esa República; Klein dice de ambos que Bolivia obtenía “derechos de libre tránsito fluvial al Atlántico, a cambio de privilegios arancelarios para la importación de bienes de aquellos dos países”. Que se sepa, tales beneficios nunca pudieron efectivizarse.
Regresemos nuevamente a Prudencio Lizón. Nos recuerda que, a todo lo largo del siglo XVIII, y en los primeros tiempos de la creación de la República, los brasileros, mediante sus partidas piratas de “bandeirantes”, no cejaron en sus ambiciones de apoderarse de territorios bolivianos, ya que llegaron a las nacientes del río Madeira. Un Tratado en 1867 (¡otra vez los listos ministros melgarejianos a la carga!), “reconoció esos asentamientos brasileros en el Arce y en el Matto Grosso”. Sin embargo, ese tratado “tuvo el mérito de haber puesto límite a la expansión brasilera”. Y, por lo tanto, sólo se puede considerar como verdadera pérdida territorial lo que el Brasil conquistó posteriormente. O sea, el territorio del Acre (188.000Kms2)”. ¡Nada menos!
En el problema ancestral de las relaciones estatales con el agro, Melgarejo, o sus inefables colaboradores, creyeron dar fin con ese dilema de la forma más capciosa y burda, instaurando medidas reguladoras dizque de la propiedad rural. El decreto de l866 no hizo sino despojar la tierra de los ayllus a sus legítimos dueños: los comunarios. Bolívar legitimó esa propiedad, y el Mariscal de Zepita la desechó para regresar al tributo virreinal. En el primer año del gobierno de Melgarejo, el gravamen fiscal rural continuaba siendo de vital importancia. Con la explotación guanera y salitrera, fue decayendo, y, lo peor, muchas de las tierras comunarias, debido a la mantención de los sistemas viejos de cultivo, propias para las magras necesidades de una población estacionaria, no podían alcanzar los niveles precisos para el desarrollo nacional y menos aún para solventar los gastos fiscales. El decreto de Melgarejo dictaminó que las propiedades comunarias, esto es, las tierras pertenecían al Estado. Si los ayllus querían legalizar su propiedad debían comprarlas, dándoseles un plazo de 60 días; sino lo hacían, el Estado estaba en su derecho de subastarlas. Desde luego, aquí entraron a saco los comerciantes cholos y los terratenientes, incluso los que no poseían grandes bienes, aprovechando que los indios ni siquiera habían tenido noticias del término perentorio para readquirir sus tierras. Fue tal la reacción, gracias en parte a las protestas de la oposición, que el mismo Melgarejo canceló esa desvergonzada confiscación; pero, a espaldas suyas, se procedió a esas ilícitas compras.
Y finalicemos esta larga relación. Y acudimos otra vez a Klein, que nos informa de lo subsiguiente. El apoyo el libre comercio, se dio en virtual cancelación del monopolio estatal de los minerales, que hasta entonces sujetaba a los mineros. “Durante su gobierno (el de Melgarejo) las compañías mineras mayores, como la Huanchaca de Aniceto Arce, obtuvieron exenciones que les permitieron exportar por su cuenta la plata al mercado internacional. Así pues, desde los años sesenta el porcentaje de la plata extraída que compró el Banco de Rescates bajó en picada y terminó el control efectivo gubernamental de los precios de la producción nacional. Con estas medidas Melgarejo satisfizo la demanda más importante de la nueva élite minera”.

EL CHACO Y TARIJA EN TIEMPOS DE MELGAREJO.
LA ECONOMÍA DE LA REGIÓN.
EXPEDICIONES COLONIZADORAS.
Desde la década de 1840 a 1850 el Estado trató de incorporar en el ejército a los guerreros de las etnias del Chaco; y, lo que importaba más, alentar y garantizar su colonización. Es decir, convertir a la zona en productora agrícola e intensificar el crecimiento de la ganadería; en vista de que algunos ganaderos y comerciantes argentinos buscaban lo mismo para su propio provecho. Todo esto dio origen al recelo de esas etnias que, efectivamente se enfrentaron a la acción colonizadora por el consecuente y previsible despojo de sus tierras. En 1843, el coronel Magariños, al mando de la Comandancia Militar del Sur, logró un acuerdo de paz con los chiriguanos, muchos de los cuales convivían en las misiones franciscanas. En ese tratado se estableció que, tanto los chiriguanos y otras comunidades dejarían en libertad a los comerciantes y colonizadores en sus trabajos. Muchos de estos eran terratenientes de las regiones más cercanas a los valles centrales de Tarija, Donde aprovechaban sus pastos para la cría de los ganados y la eventual explotación maderera. El nieto del general Bernardo Trigo, que ostentaba el mismo nombre, siguiendo todavía los cautos pasos de su abuelo, ganó algo en el Chaco; y en la primera mitad del siglo XIX, viajó a Buenos Aires en busca de capitales. En la Tarija central y en sus zonas adyacentes, sus pobladores manteníanse con la producción agrícola autosuficiente y en el comercio tradicional. El gran Chaco constituía pues un mercado natural para esos tarijeños como para otros habitantes del sur del país; a pesar de su no muy extensa población; o, quizá, precisamente por esto. Situación que permitía la colonización creadora de apertura de mercados que, en los tiempos a los que nos referimos, eran propicios a los productores textiles.
Pero, de acuerdo a lo ya antes examinado, las etnias se oponían a todos esos trabajos. Unas más que otras. Los tobas, hasta fines del siglo XIX, continuaron con esa actitud. En cambio, los chiriguanos parecían haberse integrado al mundo de los blancos; o acaso ocurrió que al dejar el nomadismo de los tobas y aceptar algunos beneficios del cristianismo, prefirieron vivir cerca de las misiones e inclusive de los fortines militares. Es por eso que se hacen frecuentes las guerras internas entre ellos y las tribus errabundas.
En el período gubernamental de Melgarejo cambió ese estado de cosas, a raíz de los embates de los colonizadores y hacendados. Así se dieron casos de malos tratos a los tobas y otras tribus por parte de algunos misioneros que ya no poseían el antiguo espíritu fraterno, la paciencia y el valor de la mayoría de sus predecesores. Para colmo se acentuó la postulación de la secularización de las misiones, y según algunos documentos, recopilados por E. Lánger en el tomo V del “Corpus Documental”, quienes apoyaban esa política recibieron el beneplácito y la contribución armada de tales etnias. Aspectos estos que veremos en otras páginas.
No habiendo tenido éxito otro convenio de 1859, desde el año siguiente se reiteran las órdenes a los comandantes políticos y militares para realizar expediciones de verdaderas reducciones de los grupos rebeldes tobas, que se habían dado al robo de ganado y excursiones depredadoras en las misiones y fuertes. Los misioneros, en especial fray Giannelli y Alejandro Corrado, que luego sería el cronista oficial de la Orden franciscana, ejercieron el papel de mediadores en los conflictos mencionados. Los enfrentamientos entre el ejército y los naturales de ese tan vasto territorio, como era lógico, trajeron desgraciados abusos de los soldados y oficiales; pues, aparte de masacrar a los guerreros expoliaban a los indefensos familiares raptando mujeres jóvenes para destinarlas al servicio doméstico gratuito o para esclavizarlas en los fortines. Téngase en cuenta que entonces el ejército estacionado en Tarija, del que se desprendían esas expediciones punitivas, poseían armamento más eficaz y oficiales y soldados veteranos en esas lides; y, lo que interesa recalcar, el desarrollo de la explotación minera requería ganado y otras especies que los colonos y hacendados vendían a las minas.
En uno de esos sucesos tuvo notoria actuación otro destacado tarijeño del siglo pasado: el coronel Miguel Estenssoro. Nacido en la Villa de Tarija, en 1827, en un hogar de vieja prosapia, ingresó en el ejército y en él siempre se distinguió por su inteligencia y bondad. Su primera participación política fue la de su adhesión al doctor José María Linares, actuando en el golpe de estado de septiembre de 1857. Caído el Dictador, no quiso aceptar nada del gobierno provisional; y sólo en 1862, una vez constitucionalizado el mandato de Achá, obtuvo pleno reconocimiento de sus méritos profesionales. En 1863 fue incorporado en la expedición exploradora del Chaco organizada por el Dr. Sebastián Cainzo. En esta campaña actuó también otro oficial que pronto tendría relevancia en la política nacional: Hilarión Daza. Como ésta, a lo largo del siglo se sucedieron otras expediciones de las que daremos cuenta más adelante. Pero, dejamos constancia que sobre la que dirigió Sebastián Cainzo, inexplicablemente, sólo hemos encontrado menciones mucho más escuetas que las que hemos anotado.

CAÍDA DE MELGAREJO.
Al fin y al cabo, perdido en su casi demoniaca pasión por Juana Sánchez, preso en los delirios alcohólicos (uno de los cuales le llevó asesinar a su edecán, y otro, a permitir que mataran ignominiosamente a un pobre loco), y en las marañas de sus ministros; ya impotente para ejecutar sus maniáticas repulsas contra ciertos politicastros; y, de seguro, cansado del incienso y la falsedad de los aduladores palaciegos, en escasos momentos de lucidez, sabiéndose un instrumento de los designios de todos ellos; cosa ésta comprobada en la instauración de la Asamblea de 1868, la que aprobó todos los tratados con Chile, Argentina y el escandaloso con el Brasil. (Nota; En opinión de Enrique Finot, la Constitución de 1868 “fue un código calcado sobre las constituciones de los Estados Unidos, Suiza, Brasil y la República Argentina, y formó la base de las que posteriormente han sido votadas para Bolivia; pero fue un enunciado teórico, pues con ella o sin ella el gobierno de Melgarejo no tuvo freno. Ese estatuto, además, restringía las garantías individuales, (una constante en los anteriores, si se recuerda bien) en una forma que, si era consecuencia lógica de las circunstancias y de las condiciones del país, consagraba las arbitrariedades de un gobierno despótico y tendía a justificarlas”. Quizá por ello, “el bravo guerrero de los Andes” la menospreció tanto, como mero producto de la obsecuencia de quienes en tan poca estima tenía”. Ver también las páginas 281- 82 de la “Historia general de Bolivia”, de Alcides Arguedas, edición de 1922.
Melgarejo, a más de conservar a todos los ministros de la Corte Suprema de Justicia, como Torrico y Pantaleón Dalence, se rodeó de algunas personalidades todavía no consideradas ni bien ni mal por los viejos políticos, como es el caso de sus colaboradores José Rosendo Gutiérrez, que terminó oponiéndose al Tratado con el Brasil y se autoexilió en el Perú; Miguel de Lastra, el escritor Julio Méndez y el cura Remigio Revollo; todos los cuales fueron muy sensibles al halago y a los influjos de los más connotados terratenientes y de los grandes mineros, José Avelino Aramayo y su hijo, de Portugalate y el Real Socavón; Gregorio Pacheco, el dueño virtual de Guadalupe; Matías Arteche, de Aullagas; y de Aniceto Arce, de Huanchaca, quien que se sepa no era muy dado a esos juegos. Juan Ramón Muñoz Cabrera fue otro obsecuente suyo, y a él se le debe el título de “Capitán del Siglo”. Y en la Asamblea de 1868, Melgarejo tuvo como fieles panegiristas a personajes tan encumbrados como Isaac Tamayo, Federico Diez de Medina, Mariano Ramallo, el poeta, y Juan Francisco Velarde. Caso aparte es el de Leonardo Sánchez, hermano de su esposa, y el de Aureliano Sánchez, hermano de Juanacha. Compañeros de juergas, sicarios y hábiles prebendalistas que, a la caída de Melgarejo, naturalmente lo traicionaron).
El Capitán del Siglo debió sentirse renacer, hallando ocasión para alejarse del Palacio de Gobierno, al enterarse, ya a fines de aquel año, del levantamiento de Sucre y Potosí, al mando de Mariano Reyes Cardona; y sobre todo por la hazaña de quien le diera la noticia: Hilarión Daza, que en sólo 36 horas recorrió los 688 kilómetros de la Capital a La Paz. Y sin embargo, no se movió de la ciudad, encomendando a su hermano político, el general Rojas, que se hiciera cargo de sofocar el alzamiento. Pero, en seguida, supo de otra rebelión, en Cochabamba, donde Lucas Mendoza de la Tapia, experto ya en esos andares sediciosos, tomó el mando dejado por Reyes Cardona. Estos movimientos fracasaron, cuando Melgarejo en persona se puso en marcha a reprimirlos con su invencible ejército. Se dirigió entonces a su ciudad natal, Tarata (a darse un buen baño interior de chicha) Allí sus paisanos lo recibieron como al gran capitán que era. Estuvo muy complacido por el homenaje que le brindaron los frailes franciscanos; una vez que hiciera fusilar a uno de sus llegados, Luis Losada, por creer que estuvo implicado en aquellas subversiones.
Volvió a La Paz, en febrero de 1869. Suspendió las garantías constitucionales y adoptó llanamente la dictadura; o al menos él lo creía así. A comienzos de 1870 convocó a una Asamblea a realizarse en Oruro, con la intención de hacerse nombrar Presidente Constitucional. A todo eso, como dice José Fellmann Velarde, “El Litoral continuaba manando riquezas. El salitre comenzó a usarse como abono, se descubrieron yacimientos de Bórax (sal blanca utilizada en medicina y en la industria), nuevas salitreras junto al río Loa y lo que era mucho más importante aún, el rico yacimiento argentífero de Caracoles. Entre los concesionarios de esos yacimientos estaba Zoilo Flores, el periodista y político, Manuel Barrau y Eduardo Avaroa. En el sur de la República, Avelino Aramayo comenzó a exportar estaño.
Y entonces sí se produjeron una serie de sublevaciones, que terminarían, no sin feroces enfrentamientos y masacres, con la dictadura del Capitán del Siglo. Mendoza de la Tapia difundió un manifiesto reclamando el sacrificio del país para derrotar al tirano y reinstaurar los derechos constitucionales. En octubre, el general José Manuel Rendón dirigió el levantamiento de Potosí, en connivencia con el general Narciso Campero; quien, desde el norte argentino, se dirigió a Cotagaita. Esta vez Melgarejo organizó la resistencia con presteza. Mientras en La Paz, Gregorio Pérez y el oficial José Manuel Pando insurreccionaba algunos destacamentos con la plena anuencia de don Tomás Frías. En noviembre, La Paz acogió con entusiasmo a otro importante conjurado: Agustín Morales, nombrado Jefe Supremo de la “Revolución” y a Casimiro Corral, el populista de gran ascendencia en la ciudad. Este había comprado ya modernos fusiles en el Perú para los rebeldes.
Pero, el 28 de ese mes de noviembre, Melgarejo derrotó al general Rendón. Entró a Potosí, y revivió sus hazañas brutales de 1865, con cuatrocientos muertos y el consiguiente saqueo de la ciudad. Regresó a La Paz, con las acostumbradas marchas forzadas, y con un pie herido. Más furioso que nunca por la traición de Hilarión Daza que había aceptado una coima para pasarse al lado de los revolucionarios paceños con el que sería famoso Regimiento “Colorados”. Entretanto, Morales consiguió la colaboración de un curaca aymara: Santos Willka, con el cual preparó la defensa de La Paz.
Con sus tropas agotadas; y ya al bajar a la ciudad, en el Alto, en la mañana del 15 de enero de 1871, le avisaron que los rebeldes habían apresado a su Juanacha. Y esta noticia sí que lo desmoronó; tanto que, a lo largo del combate, a nadie de los suyos: sus soldados y Donato Muñoz, los únicos que no lo habían abandonado, les fue difícil creer que ese ser abatido, pusilánime y mudo, fuera el querido Capitán del Siglo. De ahí en adelante, los coraceros más pelearon para conservar sus vidas que por defender pasadas glorias. Al atardecer todo estaba consumado. Y en esos instantes. Melgarejo pareció revivir y abandonó la ciudad como un real león herido, seguido de trescientos hombres. Subió a El Alto, y en la inmensa y desolada altiplanicie no atinó sino a huir, a uña de caballo, y a punta de sablazos y pistoletazos, de los miles de indios que lo esperaban para ajusticiarlo. Las huestes de Santos Willka, en efecto, acorralaron a los coraceros y a Melgarejo y masacraron con su odio ancestral a casi todos sus soldados, al son de los broncos, aterradores sones de los pututos. El Héroe de Diciembre, tal un demonio, pudo deshacerse de los indígenas; y al cabo de una verdadera pesadilla, atravesó la frontera con el Perú con tan sólo cinco de sus hombres.
Y cuando los paceños festejaban el fin de la dictadura, se supo en la ciudad que, en Alcapani, en las vecindades de Potosí, el último cuerpo del ejército melgarejista, al mando del general Agreda, había sido vencido por los soldados y combatientes civiles de Chichas, Cinti y Tarija, comandadas por Narciso Campero, y el anteriormente derrotado general Rendón. Ese combate ocurrió el 17 de enero de 1871.
En cuanto al resto de la tragedia melgarejiana, corresponde a una patética y humillante historia. En Lima, sin dineros ni amistades, acaso más solitario que en su niñez en Tarata, acudió a reclamar algo de los caudales que regalara con tanta largueza a Juanacha y a su hermano Aurelio (ya que éstos también se habían refugiado en el Perú). En verdad, más que el dinero que precisaba para sobrevivir, lo que anhelaba Melgarejo, con desesperada pasión, era recuperar tan siquiera un poco de cariño de la que había amado con inextinguible frenesí. Ella no accedió ni a verlo ni menos a sus pedidos, bien custodiada como estaba por su hermano. Y como en todo drama, se dieron unos pasos de caballeresco tono. Hubo un juicio que jamás se definió. Y la noche del 23 de noviembre de 1871, Mariano Melgarejo, lastimosamente ebrio, intentó entrar en la casa de Juanacha. En el zaguán se trabó en una disputa con Aurelio Sánchez que, además de innoble y desagradecido, no era sino un cholo cobarde. Detuvo al todavía fuerte Melgarejo y en ese entrevero terminó por dispararle un certero tiro. El Capitán del Siglo, murió en la más absoluta soledad, en una mísera covacha al día siguiente.

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