La Prosa de Mastretta tiene Ángeles

Escrito por  Heberto Arduz Ruiz Dic 03, 2017

“¿Sabes por qué
los ángeles
están enfadados
conmigo?
Porque en vez
de soñar con ellos
sueño contigo”-

Si se enfadan los ángeles no es culpa de la devoción que la escritora mejicana siente por ellos, sino más bien el acercamiento de Mastretta hacia los lectores, que de seguro los tiene en todos los continentes.
Lo anterior motiva que empuje la nave en pos del encuentro, no convenido, entre su amena prosa y los acuciosos ojos del lector. Este acabará soñando con su obra, enamorándose de pies a cabeza, conforme sucede una vez, solo una vez en la vida; aunque tratándose de obras literarias es preciso ser veleidosos. Como diría Julio Iglesias: “os amo a todas”, en este caso a las escritoras, con diversos matices de acuerdo al mayor o menor atractivo de la prosa o poesía. Claro está, a algunas brujas mimetizadas se las reconoce fácilmente…
El tiempo se encargó de reivindicar al género femenino. En el pasado algún profesor universitario señalaba que las mujeres, aparte de madame Marie Curie, no habían inventado ni el betún para zapatos. En el fondo ello obedeció a que en la noche de los tiempos las damas fueron postergadas en las oportunidades de estudio y trabajo. Actualmente a Dios gracias dan ejemplo de superación y excelencia, al punto que ponen en aprietos a muchos varones. Ahora bien, una cosa es la igualdad de oportunidades para ambos sexos y terceras posiciones, llamadas con eufemismo ‘colectivos’ y otra diferente la presunta defensa de intereses políticos con objeto de eternizarse en el poder. Pero esa es harina de otro costal y nada tiene que ver con el uso de derechos.
Los ángeles son considerados inteligencias de gran pureza y lucidez, que brindan un aura de protección a los seres humanos. Esa es su misión. En el trato cotidiano, en cambio, se suele hablar de ángel cuando descubrimos una persona demasiado buena, muy dulce y candorosa. Es un ángel, no cabe duda.
La autora afirma que le asiste la convicción de que escribe un libro que no le va a importar a nadie; pero escribe y escribe, como el pez que solo sabe nadar y nadar, o el ave volar y volar, testimoniando a sus semejantes el paso por la existencia. Y apunta, entre otras muchas verdades, que “no hay títulos en los que quepa un libro”. Los escritores eligen un epígrafe para una obra desde un determinado ángulo; sin embargo, puede haber otros, tanto o más significativos respecto al contenido literario.
La evocación que hace de Renato Leduc, “ese poeta del desencanto de este mundo que nos corroe”, del eterno enamorado que creía en las estrellas y en el fuego que las ampara. O el recuerdo de un médico amigo “hombre generoso y sabio, como sólo pueden serlo los pocos seres humanos que albergan en su corazón la diaria memoria de que no somos vivos eternos”. En calidad de paciente Ángeles le había manifestado a su médico, Teodoro Césarman, que lloraba por cualquier cosa; a lo que el galeno le respondió “Disfruta ahora que todavía puedes. Luego se queda uno sin lágrimas”. Y cuenta que por desgracia ella llegó a los días de los que Teodoro le habló, atestiguando que: “ahora sé que no hay peor pesadumbre que las lágrimas que se guardan, podridas y necias como la razón que no las veía”. Pablo Neruda consultó a su musa si “Las lágrimas que no lloran, ¿esperan en pequeños lagos? ¿o serán ríos invisibles que corren hacia la tristeza?”. ¡Quién podrá saberlo…?
Un apunte de Ángeles que en lo personal nos agrada es el siguiente: “Gracias al olvido seguimos guardando libros como si no fuera sólo ésta la vida que tenemos para leerlos”. Y este otro bajo su sello particular: “Y si somos capaces de olvidar la muerte, de que olvido no seremos capaces”.
La galana escritora, cuya obra ha sido traducida a más de quince idiomas, discierne sobre temas varios que a otros colegas pudieran parecerles sin mucha importancia, nacidos en el día a día y en el trato con sus semejantes. En verdad las descripciones gratas que dibuja y los pensamientos que esboza sobre “la hazaña diaria de sobrevivir”, se internan al alma del lector y le otorgan la certeza de que Mastretta tiene Ángeles. ¡Qué gran verdad!

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